EL FINAL DE NICANOR
EL FINAL DE NICANOR
NICANOR
MORRIS, su nuevo apellido en Inglaterra, intentaba sin demasiado éxito pensar en la
dirección acertada, la más liviana posible, todo menos recordar sus desgracias
sufridas, en especial, y la más dolorosa, el suicidio de madrugada en una
Barcelona en blanco y negro, de su hermana Milagros, colgada del Puente de
Vallcarca. Esta injusticia en su suerte era un nudo demasiado poderoso para él.
Llegó
pronto a su nuevo Hotel en Manchester, Britania se llamaba, encendió el TV y se
quedó llorando viendo un nuevo capítulo de la repuesta y coloreada vieja serie LOS
VENGADORES. Estaba seguro de que la venganza, si está justificada y es
proporcionada, como había leído en una entrevista de no se acuerda quien,
es justa y necesaria para el amor propio
de las personas.
Se quedó
pensativo mirándose al espejo, su cara de oso, con su nariz que más parecía una
D mayúscula, sus dos mejillas venosas, sus espesas cejas, sus ojillos negros,
en los que chispeaba la angustia.
Se acordó del antiguo serial de TVE “El Conde de Montecristo”. ¿Acaso no estaba justificada la venganza de Edmundo Dantès?, encerrado en una mazmorra en el castillo de la isla de If durante diez años condenado por un crimen que no cometió. Y su increíble huida, mar adentro, escondido en un saco haciéndose pasar por el cadáver de su benefactor, el Abate Faria que le legó su gran tesoro, fue lo más emocionante que recuerda de su infancia.
Recuerda
que, por la mañana, sentado en un banco de Nelson Street, se había quedado embobado viendo volar a un
avión con destino al norte bajo el tibio y flácido sol de Inglaterra. Le vino a
su cabeza las imágenes de su doble crimen en aquel Aeropuerto de provincias, y
no se arrepentía. Hizo lo que le dictaba la razón de su coco asesino. Sólo
sentía algo de pena por haber matado al marido de aquella cerda. El marido con
ojos de oveja que reventó con un certero disparo. A la gorda chillona esa que
le den morcilla, pensaba Nicanor.
Todo era
bromita broma, todo. Todo menos la soga que se había hábilmente preparado en la
habitación de su nuevo hotel, cansado ya de huir de la policía que lo buscaba
sin cesar.
“Harto ya de estar harto, ya me cansé…”,
canturreaba Nicanor aquella triste canción de
un tal SERRAT a quién tanto admiraba sin ni tan solo haberle visto nunca la
cara, y que tantas veces había oído en la radio de la solterona encargada de
aquella pensión tan cutre del Raval de Barcelona, donde vivió varios años.
Se subió a la silla, se ajustó el nudo de la soga en su grueso y duro cuello, su último pensamiento fue el recuerdo del rescate de Dantes por un barquito de pescadores y el posterior hallazgo del tesoro de Faria; y dando un saltito voló hacia el abismo del fin.
FIN
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