EL PENAL DEL GURUCETA I EL SEMEN DE MOBY DICK. LA CAUSALOGÍA


 
EL PENALTI DE GURUCETA Y EL SEMEN DE MOBY DICK. CAUSAS Y EFECTOS.
  


TEMPORADA 19869-1979. De pie: Reina, Torres, Gallego, Eladio, Zabalza, Fusté, Martí Filosia. Agachados: Rexach, Marcial. Zaldúa, Juan Carlos, Pujol y Angel Mur padre (masajista). 

El Barça tenía un gran equipo, los refuerzos de Marcial proveniente del Español, del centrocampista navarro Zabalza y de Juan Carlos, un jugador con mucha clase, dieron mayor solidez al centro del campo. La defensa Torres-Gallego-Eladio, es para mí la mejor de la historia del club. 
Para mí, como barcelonista de toda la vida, que he dejado de ir amb Campo desde que los estúpidos naif que dirigían el club prohibieron fumar, la mejor defensa de la historia del Barça a formaban : Torres - Gallego - Eladio, con dos grandísimos porteros que se turnaban : Sadurní (era titular en los partidos de casa) y Miguelín Reina (titular en los partidos en campo contrario). 

Para los inmigrantes andaluces que llegaron masivamente en los años sesenta y setenta : Gallego y Reina eran sus ídolos. Este es uno de los hechos que más han ayudado a la integración en Cataluña. Pese a ello, muchos catalanes los menospreciaban llamándolos "charnegos", una palabra vil y repugnante. Y aún piensan igual. Son los nacionalistas más radicales del "tornarem a fer" (sic).  

 No podía creer la cantidad de semen que producen las ballenas macho. Casi dos mil litros; para poder preñar a una ballena hembra, con doscientos kilos es suficiente. Además, el pene de este mamífero es el más largo del reino animal: ¡mide tres metros! Consulté en internet y descubrí que existe un museo falológico en Islandia, en Reikiavik, donde exponen la colección más extensa de penes de diferentes especies. En tiempos pasados, el semen de ballena se utilizaba como combustible, para fabricar velas, ungüentos, pomadas, lubricantes y otras necesidades de la época.Quedé sorprendido por el altísimo valor que alcanzaba en el siglo XIX, antes de que Thomas Edison inventara la electricidad en 1879 y aparecieran las bombillas para iluminar las casas, al principio solo las de los más ricos. No fue hasta décadas después que, en ciudades como Barcelona, prácticamente toda la población contaba con electricidad.

Por un momento, me viene a la mente la imagen de la ama de llaves de Rebecca (1940) – con dos "C" – :  Mrs. Danvers, protagonizada soberbiamente por Judith Anderson, con un candelabro, supongo que de semen de ballena, en una pose altiva, contemplando al mundo con desdén desde la ventana del salón de  la Mansión de Manderley. Con su mirada maligna y algo sobrenatural, antes de prender fuego a la gran casa y autoinmolarse. 
Esta obra maestra de Hitchcock se estrenó el 30 de marzo de 1943 en el Cine Coliseum de Barcelona. Mi abuelo me explicó que acudió al estreno con mi abuela, en la fila siete. Cerró sus ojos y vió cómo el público salía del cine para dispersarse por aquella Barcelona tan gris que tanto quería. Sólo hacía cuatro años que habían acabado la Guerra. 

Muchos años después puedo decir que fuí de las primeras personas que vieron el estreno en el desaparecido Cine Alcázar en la Rambla Cataluña de la terrorífica película "El Resplandor" . Fue un helado viernes de febrero de 1981, en la primera sesión a las cinco de la tarde y acudí solo. 

"La imaginación es más importante que el conocimiento", sin duda. Anclado en el blanco y negro, me siento satisfecho: por fin he terminado de leer Moby Dick de Herman Melville, tras tres meses de densa y a veces sufrida lectura, con múltiples palabras de aparatos náuticos, corrientes marinas y la jerga  de los marineros, héroes de verdad. Tengo grabado el monólogo final del capitán Ahab, interpretado por Gregory Peck, dirigiéndose a la tripulación que aún no ha sucumbido en el desastre. El guionista de esta fascinante película, dirigida por el gran John Huston, es nada menos que Ray Bradbury, un ícono de la ciencia ficción, con novelas como Fahrenheit 451 –llevada al cine por François Truffaut en 1966– y Crónicas marcianas.

Me doy cuenta del efecto de la ecuación causa-efecto en este relato, es decir, la causalidad: del semen de las ballenas hasta François Truffaut, avanzo de la A a la B, siendo la A el semen de las ballenas, el B lo tenemos en Rebecca, y si seguimos, nunca acabaríamos. De Truffaut pasaríamos a la Nouvelle Vague, y si abrieramos la caja de esta corriente francesa que traspasó fronteras, ¿qué encontraríamos?. 

Centrémonos: 

 Con una sola causa – en este caso, el semen del cachalote – hallaríamos efectos infinitos. Si nos quedáramos con Ray Bradbury y su obra Fahrenheit 451 (convertida en causa), seguramente nos centraríamos en la quema de libros, la mayor de las intolerancias, y, por ejemplo, nos situaríamos en la Alemania nazi:
 
El 25 de mayo de 1933, las autoridades nazis se esforzaron por sincronizar organizaciones profesionales y culturales con la ideología y política nazi (Gleichschaltung). 

Joseph Goebbels, Ministro Nazi de Esclarecimiento Popular y Propaganda, empezó a alinear el arte y la cultura alemana con los objetivos nazis, purgando a las organizaciones culturales de judíos y otros oficiales considerados "no arios". En total, se quemaron veinticinco mil libros "no arios". Este efecto podría ampliarse nombrando a los escritores damnificados, como Freud, Hemingway, Bertolt Brecht, Stephen Zweig , Thomas Mann y muchos más genios. 

Si pensamos que Hemingway y Zweig eligieron el suicidio para acabar con sus sufrimientos. Me concentro en las causas del suicidio. Y cada suicidio es una causa, y en este caso cada causa es una persona, con su historia , su drama y su desgracia, y me pregunto ¿Cuánta gente se suicidó el año pasado?.  ¿A causa de que?.

O bien, elijamos a los protagonistas de los libros de los autores que quemaron los nazis. Serían las causas de miles y miles de efectos. 

 Creo que es un viaje hacia el infinito. ….. Me apunto esta idea. Hagan la prueba. ¿No lo ven como un juego mental  apasionante o seguirán tumbados en el sofá viendo series y más series?. 

 Almorzó solo en su restaurante de Gelida, donde tenía cuenta libre gracias a su amistad con el dueño y cocinero. Aquel lugar de una estrella Michelin le ofrecía un refugio cómodo y conocido. ¡Cuántas veces el propietario lo había acompañado a su casa, completamente borracho, sin poder dar un paso! En ocasiones, el dueño se negaba a servirle más vino, y él acataba su decisión sin rechistar. La carta de vinos, extensa como una biblia, lo tentaba siempre. Mientras miraba las etiquetas, no lograba alejar de su mente a sus hijas. Necesitaba lamentarse, sentir que tenía la peor suerte del mundo, pero, sobre todo, necesitaba encontrar un respiro, aunque fuera por un rato.    El restaurante estaba suavemente iluminado; sólo después de adaptarse a la penumbra se distinguían los objetos, mientras los rostros parecían flotar en una especie de claroscuro. Se sentaba a menudo en uno de los altos taburetes a lo largo de la barra de caoba, aguardando pacientemente a que le prepararan su mesa habitual.Una Voll-Damm helada, una botella de vino tinto Xenius-Penedès –elaborado con uvas ull de llebre y cariñena– y un par de copas de cava Recaredo. No podía decir que aquello no lo relajara, pero algo en su pecho seguía inquieto. Observó al camarero mientras tomaba nota, y de repente le vino a la mente el profesor Millet, de Derecho Romano. ¡Cómo hablaba de la vida de Cicerón! Eran clases brillantes; el profesor, distinguido y simpático, había fallecido hace diez años. Casi podía verlo, con su toga blanca de senador romano, impartiendo lecciones desde un gigantesco pupitre de mármol. Qué tiempos aquellos. Al menos entonces había un propósito… algo más allá del vacío. Decidió imponerse una regla, una pauta sencilla para encontrar algo de orden: evitar beber antes de las dos de la tarde, después del trabajo. Solo hasta las dos. Después… bueno, después que pase lo que pase. Ya había tenido sustos. Una noche bebió dos botellas de Recaredo Brut Nature y no recordaba cómo llegó a casa. Aquella fue la señal que lo llevó a pensar seriamente ingresar  en un centro de rehabilitación.Despertó sin resaca, como solía pasarle, aunque tras tres cafés y dos Prozac. Se sentía renovado. Salió a la terraza y se encontró con una mañana radiante de invierno. El cielo, de un azul intenso, el sol saliendo y la luna aún visible al oeste. Se sentó en un banco y dejó que el sol le bañara el rostro. Cerró los ojos, disfrutando del calor. Quizás esto es lo único que necesito. Solo unos minutos al sol para sentirme vivo. .Cuando el sol le quemaba la piel, mojaba su rostro con agua helada del jardín o se frotaba con hielo, sintiendo cómo se derretía. Era su mejor hidratante, un truco aprendido en sus frecuentes visitas al Balneario Prat de Caldes de Malavella. Qué buenos recuerdos. ¿Cuántas horas habré pasado allí? Rememoró los días bajo el sol en un mullido albornoz blanco, nadando treinta minutos en la piscina climatizada, observando a la gente, leyendo, siempre en busca de alguna mujer solitaria con quien pasar la tarde. O simplemente escuchando conversaciones interesantes, esperando la hora del aperitivo.

Intentó prender la leña para encender el fuego, pero ni siquiera la gasolina parecía ayudar. Húmeda, como mi ánimo… Recordó el lavadero, donde de niño había visto patitos amarillos nadando, y fue hasta allí. Al abrir la nevera, percibió un fuerte olor a leche rancia, que tiró al inodoro. Encontró dos latas de cerveza, y decidió tomarlas como aperitivo. Abandonó la idea del fuego y encendió la vieja estufa de butano, que se tambaleaba cada vez que la movía. Con el vaso de cerveza en la mano, pensó en el señor Cros, dueño de Damm en Barcelona. Ese sí que era un gran empresario. Visionario, y no estos que solo piensan en salvar su propio pellejo bajo la bandera. 

En la televisión transmitían un partido entre el Barça y el Sevilla en TV3. Vergonzoso. Estos comentaristas jóvenes, unos imbéciles perdidos… patriotas de cartón. Bertrand Russell tenía razón: un patriota es un idiota. Mostraban imágenes del palco, donde los presidentes de ambos equipos, Joan Laporta y Del Nido, reían. No saben nada. Ni de historia, ni de respeto. Recordó las ligas ganadas heroicamente tras la Guerra Civil, con Mariano Martín, César Rodríguez, y el entrenador Enrique Fernández, quien se salvó de milagro de ser juzgado como "no adepto al régimen". Tampoco sabrían del viaje en barco hacia América en plena Guerra Civil, tras el asesinato del presidente Josep Sunyol en una carretera perdida en la zona nacional. Fue un error del chofer, que también fue fusilado.

El penalti de Guruceta Muro:  La noche del 6 de junio de 1970, sin televisión en directo, cien mil espectadores se reunieron en el Camp Nou para el partido histórico Barça-Madrid de la Copa del Generalísimo. Aquel penalti inventado por el árbitro Emilio Guruceta Muro. Él estaba allí, con su padre (epd). Era el partido de vuelta de los Cuartos de Final; en la ida, el Real Madrid se impuso por 2 a 0, con un gol en fuera de juego y un penalti clarísimo sobre Marcial que el árbitro ignoró. Recordaba vívidamente a Amancio con el número siete en la espalda lanzando el penalti con parsimonia mientras el césped se cubría de almohadillas, el partido suspendido y la policía armada de gris repartiendo porrazos. Cómo olvidar algo así.  Nunca olvidaré al salir del campo, parecía un funeral de miles y miles de hombres - las mujeres escaseaban en aquel tiempo - sitiados por cientos de caballos de la Policía Armada, muchos de ellos se reían de los perdedores - ver como a un viejo anciano con una bufanda azulgrana envuelta en el cuello y un abrigo negro estaba siendo golpeado con rabia por dos policías. Tengo en mi memoria la fotografía de la cara de pánico de aquel pobre viejo. 
El Barcelona se adelantó con un gol de Rexach poco antes del descanso, y la grada soñaba con la remontada. Pero en el minuto 59, Velázquez rompió la línea defensiva local y se lanzó hacia la meta de Reina. Rifé lo perseguía y lo zancadilleó tres metros antes de llegar al área.  Nos sentábamos en la Lateral principal delantera Letro U azul, fila 3, justo delante del lugar de los hechos.  Velázquez, trastabillado y ya sin balón, cayó dentro del área. Aquel árbitro, Guruceta, que estaba demasiado lejos para ver bien la jugada, pitó penalti. Una decisión que lo marcó para siempre. No tenía ni idea del peso de aquel pitido.Los jugadores del Barça rodearon al árbitro, mientras el público protestaba con furia. Vic Buckingham contuvo un conato de abandono del césped. Almohadillas comenzaron a caer, y el campo se llenó de grises, la policía franquista, esperando con ansia cualquier movimiento.Tras unos ocho minutos de pausa, Amancio lanzó el penalti y marcó el 1-1. El blaugrana Eladio aplaudió sarcásticamente a Guruceta, quien lo expulsó. Desde ese momento, el juego apenas lograba avanzar entre almohadillas, interrupciones, y balones secuestrados por la grada. Poco después, una posible falta en el área del Madrid volvió a encender los ánimos. No importaba si fue falta o no, lo que importaba era el clamor. Guruceta no pitó nada y la lluvia de almohadillas se intensificó. Hubo invasiones al campo y el árbitro ordenó la retirada de los jugadores. El partido nunca se concluyó de forma reglamentaria, y la policía intervino. Los disturbios continuaron en los alrededores del Camp Nou y, de madrugada, en la Rambla. Durante años, cada decisión arbitral injusta en el Camp Nou sería recibida con el grito de “¡Guruceta!”.   Una almohadilla hirió al entrenador del Madrid, Miguel Muñoz, en la coronilla. El gerente del club blanco, Antonio Calderón, reaccionó exasperado: “Ha pasado lo que suele pasar en los pueblos.”¡Maldito imbécil¡. Tres años después Carrero Blanco despareció del mapa. En su funeral en la madrileña Iglesia de la Almudena Calderón resbaló cuando iba a comulgar, cayó encima de Carmen Polo de Franco que también cayó al suelo, nadie lo atendió  estando sólo pendientes del estado de la maligna esposa del Generalísimo. Calderón quedó  cojo de por vida, una señal del cielo. 
Diez años después, todo terminó de la forma más inesperada. Hacía meses que no pasaba ni una hora sin sentir ganas de orinar. Finalmente, lo convencieron para que acudiera a su médico de cabecera. A mitad de la consulta, se disculpó:
—Perdone, doctor. ¿Puedo ir al lavabo?
Aquello no era normal. Llevaba ya diez minutos sin dejar de orinar, hasta que una enfermera llamó a la puerta, alarmada por el tiempo que llevaba allí.
—¿Se encuentra bien, Sr. Parramón? —preguntó preocupada.
—Sí, sí, ya salgo. Es que me mareé un poco —respondió él, mientras hacía un esfuerzo sobrehumano para regresar a la consulta, avergonzado de los pantalones manchados.
El médico lo derivó al urólogo.
—Le haré una receta. Tómese estas pastillas cada seis horas y, si sigue igual, acuda a urgencias. Le harán un examen de próstata —le indicó el doctor.
Al salir, corrió hacia un roble y continuó orinando. Una pareja lo miró con desprecio.
—¡Qué asco! ¡Pablo, dile a los niños que no se acerquen! —exclamó la mujer.
Avergonzado, volvió a su casa, dejando un rastro de orina tras de sí. Al llegar, se encerró en el baño y pasó dos horas descargando su vejiga sin descanso. A partir de entonces, evitó salir a la calle. Para ir a comprar comida, se las ingenió con un tubo conectado a un bidón que escondía bajo la gabardina. Cuando se llenaba, corría hacia algún árbol, vaciaba el depósito y volvía a colocarse el tubo. Y así continuó, hasta que incluso dormía en el baño, escuchando el constante goteo de su propia orina.
Pidió la baja laboral y, pocos meses después, lo despidieron. Su vida social desapareció, siendo ahora prisionero de su cuerpo. Una noche, el tubo se soltó mientras dormía, y una inundación de orina llegó hasta los pisos inferiores, hasta la planta baja. Los bomberos acudieron alarmados.
—¡Qué pestilencia! ¡Es insoportable! —protestaron algunos vecinos.
Desde entonces, sus vecinos le rehuían y, finalmente, tramaron un plan para que abandonara el edificio. Él no opuso resistencia, vendió su piso y dejó todo el dinero a sus hijas. Solo deseaba desaparecer y dejar de sufrir.
El urólogo, Dr. Mentecato, enfurecido, le dijo que no veía ninguna solución.
—He consultado con otros colegas y no hay remedio. Debería hospitalizarlo en un centro de salud mental. ¡Es usted un peligro para la salud pública! —le reprochó.
En otras épocas, quizás le habría soltado un puñetazo; ahora solo intentaba ocultar sus pantalones empapados. Pasó tres años así, meando y meando, postrado en una cama, consumido. Adelgazó veinticinco kilos, hasta que un día, gracias a la asistente social Ramona, la única persona que lo comprendía, consiguió contactar con una clínica en Ginebra donde practicaban la eutanasia. Solo necesitaba un informe psiquiátrico que certificara que su mal le impedía vivir.
Escribió una larga carta a sus hijas. Pagó seis mil euros por el informe, además del pasaje a Suiza y la factura de la clínica. Con su tubo y su depósito, se fabricó unos pantalones impermeables. Al cruzar los Alpes, experimentó un último destello de alegría. Aterrizó en Ginebra, donde lo esperaba el Dr. Rosseau con la inyección que pondría fin a su tragedia. Una ridícula tragedia, real y absurda, que tuvo el único efecto posible a causa de la incontinencia imparable.

              • FIN

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