EL ENTE DEL FÍN

 

 

 


 

EL ENTE DEL FÍN 

Aquella mañana tenía una blancura antinatural, un brillo que parecía absorber la vida de cada rincón. Las gaviotas, desorbitadas y rabiosas, atacaban en picado a todo ser moviente. Arrancaban ojos, narices y orejas, destrozando los rostros de animales y humanos que huían en medio de horrendos gritos de agonía. Aquellas aves dominaban el cielo, enloquecidas, formando bandadas densas que interferían con el vuelo de los aviones, apagando sus motores en un espectáculo macabro.

Dos horas después, algo desconocido y oscuro se estrelló contra el planeta Tierra, partiendo África del Sur desde Angola hasta Mozambique. La tierra desmembrada se alzó en el aire, convertida en una isla flotante que avanzaba hacia el Mar Índico, como si una corriente invisible la arrastrara al Polo Sur. En las zonas de fractura, surgieron columnas de niebla negra que parecían tener vida propia, enroscándose y expandiéndose, como si buscaran a sus próximas víctimas.

El caos fue absoluto. Las aguas alcanzaron cotas nunca vistas, formando tsunamis que arrasaban todo a su paso. Desde mi ático en Pretoria, observaba impotente el desplome de la ciudad. En la televisión, las imágenes de miles de coches atascados mostraban a la multitud escapando al norte, ignorando que aquella región ya no existía. Los gobiernos declararon el estado de excepción, mientras los científicos advertían que, al paso que íbamos, el mundo entero podría sumergirse en cuestión de días.

 

 

 

 

 

 

Los edificios sólidos, como el mío, resistían el embate de las aguas. Los demás se convertían en cementerios de vehículos y cuerpos arrastrados por la corriente, mientras centenares de miles de personas morían ahogadas. Desde las alturas, veíamos muertos aferrados a ramas como si fueran sus últimas posesiones, formando figuras espectrales que parecían emitir susurros apenas audibles en las noches, susurros que helaban la sangre.

Logré sobrevivir, aunque pronto todas las comunicaciones se cortaron. Fue entonces cuando la vi. Una mujer al otro lado de la calle, en el edificio de enfrente, me gritó. "¡Mantenga la calma, pronto vendrán a rescatarnos! ¡Me llamo Kamala! ¿Le sobra comida?"

Le respondí que apenas tenía para sobrevivir unos días, pero accedí a lanzarle una bolsa de pan congelado. Cerré los ojos y, al lanzarlo, escuché un susurro, una voz sin cuerpo que decía mi nombre en un tono grave y sibilante, como si emanara de las profundidades de la Tierra. "Gracias," dijo Kamala mientras atrapaba el pan. "¿Sabía que ahora vivimos en una isla que va a la deriva hacia el Polo Sur?" Sus palabras, aunque sensatas, parecían tener una segunda intención, como si cada sílaba estuviera impregnada de un significado oculto.

Regresé al interior y, desde mi ventana, observé el agua pestilente arrastrando coches, motos, y hasta un elefante que, de repente, comenzó a flotar en el aire, extendiendo dos enormes alas cubiertas de escamas.

 

 

 

 

 

 

 Lo grabé con mi teléfono y lo compartí en mi blog, pero la gente pensó que era un montaje. Los susurros aumentaron esa noche, resonando en mi mente con palabras que no entendía pero que parecían urdir un plan macabro.

La radio estatal continuaba transmitiendo, aunque apenas lograba calmar el pánico. De repente, escuché la voz de Kamala llamándome desde su edificio, que empezaba a desmoronarse. Le lancé una cuerda, rogándole que se aferrara con fuerza y cruzara a mi lado. Pero en lugar de moverse, comenzó a reírse, una risa grave y reverberante que hizo temblar el aire.

Con una mueca burlona, Kamala se quitó la capa, revelando una figura espantosa: un cuerpo con dos cabezas, garras afiladas y una cola que se agitaba en el aire, envuelta en sombras que parecían tener vida propia. Sus ojos, rojos y llameantes, me taladraron, y su voz, transformada, habló con un eco múltiple.

"Ahora sabes quién soy. Soy el Ente Creador, una entidad más allá de la vida y la muerte. Mi especie viene del vacío entre las estrellas, y hemos decidido tomar este mundo para alimentarnos de sus almas. Pronto, los pocos supervivientes del norte serán nuestros esclavos, y el resto arderá. Te he elegido para que seas nuestro informador, nuestro vínculo con lo que queda de esta raza."

Mientras reía, las sombras se alzaban a su alrededor, formando figuras que parecían bailar en un círculo, emitiendo murmullos en una lengua antigua, ininteligible. "No me olvides, porque no me puedes escapar. Vigila la Tierra en ruinas; pronto, sus lamentos serán el único sonido que escucharás."

 

 

 

La isla flotante avanzaba hacia el Polo Sur, pero algo oscuro y denso se filtraba en cada rincón. En mi mente, los susurros se hacían cada vez más fuertes, las voces aumentaban en número, como si cada alma perdida se uniera al canto maldito de aquella entidad. Mientras, la isla y sus sombras seguían su marcha, arrastrando el último vestigio de humanidad hacia la oscuridad sin fin.

                                      FÍN

Comentarios

Entradas populares de este blog

LOS CUADERNOS SIN FIN DEL ABOGADO NICOLÁS RUBIÓ SOL - Obra galardonada como Finalista en el XXV Concurso de Relatos del ICAB (2025)

EL PENAL DEL GURUCETA I EL SEMEN DE MOBY DICK. LA CAUSALOGÍA