ROMAN POLANSKI GUIA TURÍSTICO

           ROMAN POLANSKI :  EL GUÍA TURÍSTICO POLACO 


                  CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE AUSCHWITZ: EL DÍA DE LA LIBERACIÓN 

Dedicado a mi compañero y amigo,  el político socialista Josep María Sala i Grisó, con mi agradecimiento por pensar en mí en los momentos difíciles. 


Polanski era un hombre bajito, cojo y tremendamente feo, con una densa barba que ocultaba su rostro lleno de granos, redondos como garbanzos. Llevaba años trabajando para la misma empresa turística polaca como guía. Sentado junto al chófer, usaba un micrófono para destacar los lugares de interés y contar sus historias en varios idiomas, y en un español tan perfecto que parecía Miguel de Unamuno.

 Aprovechaba su baja estatura para sacarse los mocos, que escondía bajo el asiento del minibús. Cada vez que deseaba tirarse un pedo —tenía problemas de estómago— le hacía una señal a su amigo Lewandowsky, el conductor, para que subiera la música y usara el ambientador. Era uno de sus juegos para hacer más llevaderas las interminables jornadas en las mismas rutas.

Al cumplir cuarenta años, Polanski se despertó un día con un molesto picor. Al tocarse la nariz, descubrió un grano que fue creciendo hasta parecer un dedal. Se lo rascaba suavemente con un trapo empapado en alcohol, esperando que se secara, pero fue en vano: el alcohol aumentaba el escozor. Se miraba al espejo y no se reconocía, como Gregor Samsa en La metamorfosis de Kafka. Al principio, avergonzado, decidió dejarse barba. Acudió al médico, quien tras examinar el bulto lo remitió al dermatólogo. Este último le recetó una pomada inútil, y el grano creció aún más. Al analizar una muestra, el médico descartó el cáncer, pero le dijo con tono apático: "Existe un riesgo muy alto si lo extirpamos. Tendrá que aprender a convivir con su grano, ya le falta un pie; esto no es nada nuevo para usted." Desde ese día, Polanski juró no volver a aquella consulta.

Tres meses después, nació el "hermano" de su grano, esta vez en la barbilla, que creció igual de caprichoso. Así, cada tres meses, la familia de "hijos" aumentaba hasta llegar a veinte. Polanski ya no sentía dolor, solo un picor que calmaba acariciando los granos con delicadeza. Para proteger su oído y vista, usaba algodón empapado en un químico especial que le enviaba un primo alemán, envolviéndolo en paquetitos por correo.

A pesar de todo, Polanski se sentía feliz trabajando como guía turístico y estudiando historia. Su mayor temor era tener otro grano en los ojos o las cejas. Afortunadamente, los veinte granos dejaron de crecer y no tuvo más "hijos". Usaba un líquido especial y no se quitaba las gafas de sol, fijadas con goma, ni para dormir, de modo que sus "veinte hijos" quedaban bien ocultos.

Polanski se matriculó en la Academia de Idiomas en Varsovia. Su facilidad para aprender era prodigiosa. Dominaba inglés, francés, español, italiano y alemán, lo que le abrió las puertas como guía. De niño, tuvo problemas de pronunciación por una leve apraxia del habla, que le dejó un acento gangoso cuando se constipaba. Exageraba este acento para hacer reír a los turistas, y con el tiempo llegó a presentar un programa de humor en la televisión polaca.

Su sonrisa era constante, y sabía hacer muecas que provocaban risas a los turistas, en especial a los niños. Con el tiempo, Polanski aprendió a superar sus tragedias usando el humor, la alegría y sus estudios de historia.


1er Día del Viaje

El primer día de esta historia, fueron al Hotel Excelsior de Varsovia a recoger a un grupo de turistas españoles y portugueses. Polanski contó a los turistas uno a uno, y eran veinticinco, los mismos años que habían pasado desde que quedó viudo de Helena, su esposa, quien falleció trágicamente al caer de un árbol mientras escapaban de un oso en un bosque. La caída le dejó a Polanski una cojera que más tarde llevó a la amputación de su pie. Solo se quitaba la prótesis al acostarse, la limpiaba con alcohol y le daba las buenas noches como a un hijo, muchas noches lo oía como andaba arriba y abajo. 

Antes de trabajar como guía, Polanski fue socorrista y fue condecorado varias veces por su valentía. En el viaje, Polanski explicaba a los turistas la historia del castillo de Książ, construido en el siglo XIII y conquistado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Con su humor característico, recordaba a los turistas no adentrarse en los bosques cercanos debido a los peligros que allí existían.


2do Día del Viaje

El segundo día partieron temprano hacia los campos de concentración de Auschwitz. En el autobús, Polanski advirtió a los pasajeros que esta visita podía ser traumática y les recordó vestir con decoro por respeto a las víctimas. El silencio en el autobús era absoluto, y Polanski disimulaba su emoción, ya que sus abuelos murieron en ese lugar.


3er Día del Viaje

El tercer día visitaron Cracovia. Polanski les recomendó a los turistas visitar el casco antiguo, declarado Patrimonio de la Humanidad. Les habló de la Plaza del Mercado, la Basílica de Santa María y otros lugares históricos. Al mencionar el gueto judío y la fábrica de Oskar Schindler, usó un tono más solemne, aludiendo a la importancia de recordar esos capítulos oscuros de la historia.


4to Día: Helena y Chopin

El cuarto día era de descanso. Llovía, y Polanski se quedó en casa escuchando sus piezas favoritas de Chopin, recordando los momentos que compartía con Helena en los conciertos del compositor polaco. Lloraba con el piano, dejando caer sus lágrimas en un charco junto a sus pies.


5to Día: Despedida en Varsovia

El último día, el grupo visitó Varsovia. Polanski se despidió de los turistas con un emotivo discurso sobre la ciudad que renació de sus cenizas tras la Segunda Guerra Mundial. Mientras los turistas aplaudían, Polanski sintió una punzada en el pecho. Lewandowsky, su amigo chófer, lo encontró inclinado, intentando hacer una broma para aliviar la tensión, pero el dolor era intenso. Antes de que pudieran llevarlo al hospital, Polanski falleció, mirando por última vez el horizonte de su amada Varsovia.

Así, el nombre de Roman Polanski, el guía que había hecho reír y emocionar a tantos, se perdió en el tiempo, como una de sus queridas leyendas polacas.

                                                                      FIN                                         



                                  EL DIRECTOR DE CINE ROMAN POLANSKI EN UN BUS

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