SOBRE EL DESTINO
Dedicado a mi compañero y amigo, el gran abogado Joaquim Bech de Careda.
El destino, caprichoso e implacable, puede
llegar a ser un desatino. Así, un 10
de junio de 1926 moría el genial arquitecto Antoni Gaudí en el
Hospital de Sant Pau de Barcelona.
Era
de noche, rondarían las 21:30, cuando Gaudí, ignorando su trágico destino, volvía
de la iglesia de San Felipe Neri, ubicada en la plaza homónima del barrio
gótico barcelonés, en dirección a la parada de tranvías de la plaza Urquinaona
.
Allí solía esperar el genio hasta el
tranvía de las 21:45, que le llevaría con acostumbrada puntualidad a las 22:00
a su casa-estudio en la Sagrada Familia. Era habitual que cenase con el
vigilante de las obras del templo y su esposa, quienes, al advertir el retraso
de Gaudí, se impacientaron y acudieron al hogar del Sr. Gil Parés, que contaba
con teléfono, para intentar averiguar su
paradero.
Sin
embargo, algunos periódicos de la época averiguaron que el lugar del accidente
fue en el cruce de la Gran Vía de les
Corts Catalanes con la Calle Bailén. Tal vez, animado por el buen clima,
decidiese realizar a pie el trecho que une la plaza de Urquinaona con la
Sagrada Familia… A partir de aquí, se inicia una secuencia de traslados algo
confusa pero que, a partir de los escritos del momento, se puede reconstruir
con cierta fiabilidad.
.Es conocida la anécdota de la confusión del genio catalán con un
vagabundo, lo que hizo que no fuera atendido durante un tiempo decisivo,
lo que quizás lo hubiera salvado de la muerte. Hay algo en este suceso, que lo
ha convertido en una suerte de ejemplo de incívica injusticia histórica : ¡cómo
es posible que el insigne creador yazca desatendido, moribundo, sólo por su
aspecto harapiento!.
El diario ABC, en su edición del 12 de
junio de 1926, recordaba cómo dos
taxistas anónimos,
declinaron asistir al
accidentado fueron amonestados por la autoridad competente, mientras se
ensalzaba la figura del Guardia Civil que, atendiendo al deber, obligó a que
uno de estos esquivos taxistas trasladase al accidentado a la Casa de Socorro.
No hace falta abundar en que nadie pareció advertir la desasistencia que, en
realidad, padecían los vagabundos que habitaban las calles de la ciudad; el foco se puso en exclusiva en la
injusticia padecida por Gaudí.
Una vez en la Casa de Socorro, situada a escasos seiscientos metros del
accidente, los médicos atendieron al hombre, sin saber aún su identidad, pues
iba indocumentado, y lo trasladaron de urgencia al Hospital Clinic, donde ante
la gravedad de las heridas lo derivaron a Traumatología del Hospital de Sant
Pau. .
El angustiado matrimonio que estaba esperando en su casa con la mesa puesta
para cenar con Gaudí, acompañado del Sr. Gil Parés, intentó por todos los
medios dar con su paradero, pero no lo tuvieron fácil. Tras unas
averiguaciones, el celador del Clinic les sugirió la posibilidad de que fuera
derivado al Hospital de la Santa Creu i Sant Pau , donde iban a parar los
heridos con graves traumatismos.
Una vez reconocido y debidamente
identificado, el hospital se llenó de periodistas, conocidos y curiosos de todo
tipo que deseaban saber de primera mano la evolución de los acontecimientos.
Los rumores corrieron veloces por los mentideros de la ciudad. Unos decían que
en unas horas abandonaría el hospital mientras que, los menos optimistas,
afirmaban que llevaba horas, tal vez días, muerto sin que nadie se atreviera a
comunicar la noticia. Finalmente, tras entrar en coma, a las 17:10 del día diez
de junio se certificó la muerte oficial del sufrido arquitecto a los 73 años de
edad.
Mi pregunta es esencial , ¿En qué
estaría pensando el genio que no se percató de la llegada del tranvía que lo
arrolló provocando su muerte? . Tras dos
días en el hospital de Sant Pau donde Gaudí
resistió dos días de lenta y dolorosa agonía, mientras los médicos comprobaban
impotentes que nada podía hacerse ante la gravedad de las heridas causadas por
el impacto del tranvía.. Supongo que estaría absorto en su proyectos -La Pedrera?- en sus nuevas formas, en las tendencias, sumergido en un océano de colores, lleno de ideas, fruto de su prodigiosa imaginación.
Otro ejemplo real que conozco, es la terrible
tragedia del portero de mi casa en Barcelona, el anciano José Luís, era la
tristeza personificada. Muchos días lo invitaba a un cortado, y él lo declinaba
con un gesto de su cara de pajarito.
Tenía un fuerte orgullo, a pesar de las
penurias que pasó al finalizar la guerra civil española, donde su padre fue
fusilado en el Campo de la bota, habiendo de hacerse cargo de su hermano pequeño alcohólico, con su madre ingresada en el Hospital Psiquiátrico de Sant Boi tras saber el asesinato de su amado esposo, entró en una etapa de depresión y
jamás volvió a pronunciar palabra hasta su muerte, como una flor marchita, a principios de los años sesenta del S. XX.
José Luís contrajo matrimonio muy joven,
fueron a vivir en la Calle Hospital. Un día un amigo le advirtió que su mujer
estaba liada con otro, un chulo del Raval, y una mañana se presentó por
sorpresa a su casa y los encontró en su cama. Cogió una maleta y marchó del
piso para ir a vivir a Sants con su hermano alcoholizado.
En aquella época el divorcio estaba prohibido. Tenían una hija en común, mala como la peste, vivía con él y
con su tío, lo humillaba, le hacía dormir en el sofá, le robaba lo poco que tenía de valor, y le exigía dinero a
diario, amenazándolo con colgar carteles por el barrio con su foto y unos cuernos. José Luís se resignó a vivir de esta forma, incapaz de hacer frente a las adversidades. Su tristeza se le hacía
insoportable, estaba cansado de vivir, de aguantar órdenes de estúpidos vecinos, hasta que dijo basta y planeó como terminar su vida. Se
tiraría desde el Puente de Vallcarca.
No recordaba que semanas antes había
comprado un décimo de Navidad, que guardó dentro de un libro en el saloncito de
aquel piso que compartía con su hermano. . Eligió la madrugada de un brumoso domingo de invierno, se vistió con su único traje digno y su abrigo que le regalé, fue hacia el puente y saltó hacia el abismo,
ignorando que su décimo salió premiado con el Premio Gordo de Navidad.
¿Cómo hubiera reaccionado si se hubiera
acordado?. Su única ilusión era retirarse, desparecer, no ver más a su hija,
instalarse en una casita de un pueblo cercano a Puigcerdà , donde vivía su tío, y donde planeaba abrir un bar, era un cocinero
excelente. Pero no pudo ser, el décimo nunca fue hallado. Su hermano falleció
de cirrosis y nunca supo nada de su hija.
¿Es el destino una cuestión predeterminada, fruto del azar o está en
nuestras manos? La respuesta no es fácil y hay opiniones encontradas al
respecto.
Para algunos, el destino viene marcado desde que nacemos y no hay nada que podamos hacer para evitarlo. Son fuerzas
externas las que lo determinan y hacen que sea inevitable. De hecho, los
humanos se han planteado desde la antigüedad la existencia de un destino
predeterminado para cada uno de nosotros, como demuestra la existencia de dioses encargados de tejer el destino en diversas
culturas.
En cambio para otros somos nosotros mismos los que nos construimos
nuestro destino con las decisiones que tomamos día a día.
Lo que está claro es que, por muchos planes que hagamos para el
futuro, a menudo todo cambia y el destino nos sorprende con sus
giros inesperados – como les sucedió a Gaudí y a José
Luís.
Entonces, ¿qué es el destino? Son muchos los autores y
pensadores que, a lo largo de la historia, han teorizado sobre él, me quedo con
dos máximas contrapuestas:
Para el escritor japonés Haruki Murakami "A veces, el destino se parece a una
pequeña tempestad de arena que cambia sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando
evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti."
En cambio para Goethe: "El destino nos concede nuestros
deseos, pero a su manera, para darnos algo más allá de nuestros deseos."
Dejo abierto el debate.
FIN
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