LA RELACIÓN ESPIRITUAL ENTRE THOMAS RIPLEY Y CARAVAGGIO: ENSAYO NUEVA VERSIÓN

 



Dedicado a mis compañeros del Turno de Oficio del ICAB

CABEZA DE MEDUSA (1597)

 Una de las obras más impactantes de Michelangelo Merisi da Caravaggio (Milán 1571 - Porto Ercole 1610) representa a Medusa, descrita por Ovidio como una hermosa doncella, la única mortal entre tres hermanas conocidas como las Gorgonas, hijas de dos divinidades marinas: Forcis y Ceto.

La belleza de Medusa cautivó al dios de los mares, Poseidón, quien la violó brutalmente sobre el frío mármol del santuario de la diosa Minerva. Sin que Medusa tuviera culpa alguna, Minerva la castigó cruelmente, transformando su hermosa cabellera en serpientes, tal como aparece en el cuadro. Por esta injusta afrenta, Medusa juró vengarse de los hombres. Sus ojos muestran pánico y desesperación, su boca abierta expresa un grito de horror.

En la mitología griega, Medusa encarna la violencia más poderosa, capaz de desarmar y someter al mundo masculino, convirtiéndolo en piedra. Representa el simbolismo espiritual detrás del ego, de los siete pecados capitales y de todos los pensamientos y comportamientos negativos que dominan la personalidad humana en la vida cotidiana. La obra de Caravaggio genera un espanto palpable que parece flotar en el aire de aquella iglesia romana.

                                                                        I

RAMÓN despertó a las siete de la mañana, sin ganas de levantarse. Lo primero que vio fueron sus calcetines de lana negros, tirados en el suelo; llevaba semanas sin cambiarlos. Se incorporó y abrió el cajón de la mesita de noche en busca del tabaco y el cenicero. Dio una honda y furiosa calada a su primer cigarrillo del día, el más sabroso.

Ese viejo cajón desprendía un olor caliente a tabaco rancio. A menudo volcaba su contenido sobre la sábana. Ahí se acumulaban objetos variados: llaves, mecheros, su pasaporte caducado, lápices sin punta, relojes muertos, mucha ceniza, chinchetas, recibos, un condón, clavos, un par de condones, tarjetas, clips, medicamentos caducados, un cortaúñas de plata, alguna fotografía de antiguas novias, notas inacabadas, monedas, fósiles con extrañas formas y hasta una estrella de mar que guardaba como talismán.

Encontró una foto de cuando era un joven “triunfador” en los años noventa, bajando en telesilla en Baqueira Beret. Triunfador… ese adjetivo siempre le ha causado náuseas. En aquella época era exigente, ávido y devastador. Así era el Ramón Casabó que, apenas un año atrás, se casó con una belleza rubia, Rebeca, que se lavaba los dientes seis veces al día, visitaba cada semana a su estilista y peluquero, Alberto Cerdán, y gastaba sin control en ropa, joyas y cosméticos. Jamás reparaba en gastos, usando su tarjeta a diestra y siniestra. Contaban con una asistenta diaria que se encargaba de todo; Ramón nunca le planchó una camisa. Él lo pagaba todo. Por la mañana al gimnasio, iba a comer al Club de Tenis Barcino, con sus amigas, y solía ir al cine o de compras.  Cuando Ramon llegaba tarde de noche de su despacho, la encontraba tumbada el sofá viendo la televisión.  Siempre cariñosa y dispuesta. Interpretaba perfectamente su papel de la esposa ideal.  Sus conversaciones eran banales, le encantaba criticar a familiares y amigos.  Tienes la cena preparada en la nevera cariño. Normalmente, tras cenar entraba en su despacho para estar solo, y así transcurrieron los dos años de matrimonio. 

 Hasta que un día, Rebeca lo abandonó por un multimillonario de Madrid, cinco años más joven que ella. La llamó al llegar agotado a casa tras una larga jornada de trabajo, pero no obtuvo respuesta. Fue a la habitación y encontró su armario vacío. No dejó una nota. Nada. La llamó en vano: lo había bloqueado. Fue entonces cuando Ramón decidió aislarse y dedicarse a escribir. Vendió su piso, compró una cabaña en el Montseny y se instaló allí, alejándose de todo.  Nunca volvió a saber nada de Rebeca. 

A pesar de las desgracias, quería seguir siendo el de antes: alto, delgado y de piel muy morena. ¿Había pactado con Fausto? En sus sueños, estaba seguro de que habían llegado a algún acuerdo secreto. Conservaba impolutas sus camisas blancas, sus corbatas coloridas, sus jerséis de lana gruesa para el invierno y fina para primavera y otoño, una decena de polos, trajes, abrigos, pantalones de todo tipo, y el cárdigan rojo burdeos que llevaba en la foto. Sabía que el pasado siempre está presente, porque en algún rincón del universo viajan y subsisten las imágenes de todo lo que fue, transportadas por la luz.

Su compañero de despacho y amigo, Bech, le animaba a volver a Barcelona:

"Ramón, compañero, debes regresar a Barcelona. Alquila un estudio y ven cada día al despacho; te ayudaremos a superar este bache. Podrás socializar; tienes muchos amigos que te aprecian y están muy preocupados por ti. Me dicen que no les contestas. Ya te advertí que Rebeca solo se casó contigo por dinero, y me alegra que se haya marchado a Madrid. Los clientes no se conforman con hablar contigo telemáticamente como haces ahora; quieren tenerte disponible en el despacho. Hace tres meses que no has venido, has perdido varios clientes que llamaban y nunca te encontraban. El jefe del despacho, Solsona, empieza a estar cansado de tus ausencias. Te ha enviado avisos que no has contestado y no te has presentado a ninguna reunión. Piénsalo y dime algo. Te necesitamos."

Bech, amigo:

"Gracias por interesarte por mi vida. He cambiado y dejo el Derecho; voy a dedicarme a escribir y estudiar filosofía e historia. Recibo una renta de mis padres; no es ninguna fortuna, pero me permite subsistir con dignidad. Te envío mi dirección por si algún día quieres venir a verme con tu esposa y tu hijo. Dale muchos recuerdos al CEO, Solsona, es una buena persona, y algún día bajaré a Barcelona para verlo. Un fuerte abrazo. R."

 A duras penas, Ramón se levantó del camastro. Hacía mucho frío, y la punta de los dedos y de la nariz le escocían. Caminó con los pies helados, escuchando cómo las suelas chasqueaban contra el pavimento, hasta que llegó a la cocina y se preparó un café. Se palpó la cara y notó cómo aquel maldito grano al lado de su nariz había crecido.

Se lo rascó suavemente con un trapo empapado en alcohol para intentar que se secara y desapareciera. “Cuerpo, compañero, juntos moriremos”, pensó. “No puedo no querer la sombra que tenemos, no apresar con ella el resplandor de un verso, pero sin aquel asqueroso grano”. Se tomó el Priztic, el antidepresivo que le recetó su psiquiatra, y dos Diazepanes.

Se refugió en su diminuto estudio, encendió la estufa de carbón, que le acompañaba desde que se mudó, y le tenía cariño, y puso en marcha su ordenador para escribir cualquier cosa. Escribió una frase de Kierkegaard: “La vida solo puede ser entendida mirando hacia atrás, aunque deba ser vivida mirando hacia adelante —hacia algo que se abre de repente y que no existe”. ¡Cuánto tiempo desperdiciamos pensando, atormentados, en un futuro incierto, reos del destino, del que no sabemos nada! Solo suposiciones, presentimientos, deseos y esperanzas. La vida tiene leyes ocultas y misteriosas que rigen nuestro destino más allá de nuestra voluntad. Quizás escribir —pensaba— significa solo rellenar los espacios blancos de la existencia, esa nada que se abre de repente en las horas y en los días, entre los objetos de la habitación, dejando una desolación y una insignificancia infantil.

La tristeza lo invadió, convirtiéndose en una dolorosa ansiedad a la que solo podía hacer frente con la química, esa maldita química que lo domina todo en esta época vacía e irracional, mientras la inteligencia artificial —adjetivo que detesta— avanza imparable. Qué lejos queda su optimismo de ese cercano abismo que te llama y no debes observar porque te arrastra hacia la muerte. Debía salir de su ostracismo y viajar. Soñaba con recorrer el Danubio, visitar lugares históricos, como relató magistralmente Claudio Magris en su extraordinaria obra El Danubio (1986), navegando por el río desde su nacimiento en Alemania hasta su desembocadura en el Mar Negro, entre Rumanía y Bulgaria. Con una longitud de tres mil ochocientos kilómetros, es uno de los ríos más largos del mundo.

 Debía centrarse en el presente. Ahora, estaba absorto en la biografía del gran emperador romano Adriano, basada en la obra maestra de la literatura universal de Marguerite Yourcenar: Memorias de Adriano, escrita en 1951 en forma de epístolas. Conservaba una antigua edición traducida por Cortázar, llena de viejos apuntes, señales y frases subrayadas.

Esta novela narra la vida y la muerte de Adriano, emperador del Imperio romano en el siglo II. Nació en Hispania en el año 76 d.C. y murió plácidamente en un balneario cerca de Roma en el 138 d.C. Quizás fue uno de los últimos espíritus libres de la Antigüedad antes de la llegada del oscurantismo de la Alta Edad Media, tras la caída del Imperio romano y el auge del cristianismo, época en la que la ignorancia era la norma.

San Agustín introduce en sus escritos un concepto clave para el pensamiento medieval, la "docta ignorancia". En su Carta a Proba, el canonizado expone lo siguiente: “(...) hay en nosotros una docta ignorancia, por decirlo así, pero docta por el Espíritu de Dios, que se eleva por encima de nuestra debilidad” (San Agustín, 1973, p. 83).

La Alta Edad Media se caracterizó por la ignorancia absoluta, que reinaba incluso por encima de los altos reyes y el clero católico, los cuales poseían un poder absoluto y riquezas inimaginables. Esta ignorancia se instaló en el más alto estrato de la sociedad.

Si alguien le preguntara cómo se refleja la Edad Media en el cine, sin duda respondería que en dos grandes películas que han pasado a la historia: El nombre de la rosa (1986), dirigida por el talentoso director francés Jean-Jacques Annaud y protagonizada por Sean Connery como el franciscano librepensador Guillermo de Baskerville, quien choca con los benedictinos, fervientes seguidores del papa de entonces. En la historia, el bibliotecario obsesivamente oculta libros de los clásicos de Aristóteles, y un anciano monje ciego considera que la risa es un pecado, hasta la llegada de la Santa Inquisición. Y tal vez la mayor obra maestra de Ingmar Bergman: El séptimo sello (1957), protagonizada por Max von Sydow, en el papel de un caballero que regresa de las Cruzadas en Tierra Santa a Suecia. Confuso ante la barbarie vivida, junto a su irónico y fiel escudero, se encuentra con la peste negra que asola Europa y con la Muerte, vestida de negro, de rostro blanco y pálido, interpretada por Bengt Ekerot. Juega su vida en una partida de ajedrez contra la Muerte y, al perder, se ve arrastrado junto a otros personajes a la Danza de la Muerte al final de la película.

 Retomando a Adriano, en sus cartas dirigidas a su primo y sucesor, Marco Aurelio, el emperador recuerda sus triunfos y éxitos militares y políticos, pero también reflexiona sobre el arte, el amor, la muerte y su pasión por la filosofía.

Yourcenar refleja magistralmente la personalidad compleja y fascinante de este gran emperador, quien fue conocido por su sabiduría, humanidad y su amor por el arte y la filosofía. Ramón tenía anotadas dos máximas de Adriano que le cautivaban: “No hay mayor felicidad que la de no sentir la necesidad de contestar lo que otros dicen o hacen, sino el saber que uno es capaz de actuar por encima de todas esas cosas” y “El tiempo es el único enemigo de que todos acabamos por sucumbir, pero mientras tanto, hagamos que nuestra vida merezca ser vivida”.

Aquel gran hombre fue nombrado emperador en el año 117 d.C. y gobernó el vasto Imperio Romano hasta el 138 d.C. Adriano pacificó el Imperio, se preocupó por las necesidades y la higiene de su pueblo, construyendo puentes, desagües y cloacas, y logró mantener un largo período de paz en el mundo conocido. Compiló las leyes y edictos del Derecho romano, regulando ámbitos que aún perduran en nuestro Derecho  civil del siglo XXI. Adriano se rodeó de personas con talento para sus proyectos, incluso esclavos que, tras años de servicio, liberaba y a quienes ofrecía una dote como muestra de gratitud.

En la zona alta de Barcelona, una pequeña plaza lleva su nombre. Ramón recordaba con nostalgia las veces que había cruzado esa plaza después de subir por la calle Santaló en su moto.

La mayor obra civil de Adriano fue la llamada Muralla de Adriano, una construcción colosal declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, que cruza de este a oeste la isla de Britannia. La muralla separaba, en el norte, el territorio romano y Britannia —la civilización y el comercio— de la barbarie de los salvajes caledonios, quienes habitaban lo que hoy es Escocia y se consideraba entonces como un mundo oscuro y desconocido.

Escribir y aprender cosas nuevas era lo único que podía hacer sin salir de casa ni hablar con nadie. Solo leer, escribir y dormir, gracias a las pastillas de morfina. Sic transit gloria mundi. Cada viernes, un simpático joven del supermercado le llevaba las provisiones desde Puigcerdá, así que no tenía que preocuparse por nada ni por nadie.

Hacía meses que no se duchaba y se lavaba apenas, como un gato. Odiaba el frío.

Vivía solo, aislado, en el primer piso de un edificio de piedra gris sin terminar, coronado de pizarras, en pleno Pirineo, rodeado por una avenida de castaños con edificios de estructura idéntica, a medio construir. Un pequeño parque, estrecho, tupido y húmedo, se arrinconaba entre viejos muros, formando un bosque en miniatura de dos hectáreas de robles, hábitat de ciervos, zorros y hasta de una loba, siempre la misma, que de vez en cuando aparecía en busca de un pedazo de carne que Ramón dejaba sobre una gran piedra, viendo cómo desaparecía día tras día. Aquel animal le fascinaba.

Ramón se sentaba aliviado en su estudio, fumando pequeñas pipas con una dosis ínfima de opio, disfrutando de un placer que lo superaba todo, mientras observaba los largos rayos de sol de las primeras luces del alba. Un vapor lechoso flotaba en el aire, surcado por halos de luz que se filtraban a través de las rendijas de la persiana de madera del enorme ventanal, que un día había contado: eran cuarenta. Con el humo del tabaco, las rendijas parecían aumentar o disminuir de tamaño, y los rayos del sol se convertían en finas lanzas que parpadeaban, a veces agradecidas, otras amenazantes.

Contemplaba aquella imagen idílica e hipnótica y el hermoso cielo de nubes pesadas, que pasaban rápidas como fantasmas ante el sol. Hasta que la oscuridad volvió a reinar en el cielo y empezó a llover. “Hay tantas preguntas sin respuesta que vivo en el misterio”, escribió en su cuaderno.

 

Empezó a escribir en primera persona un ensayo:

Ayer vi en Netflix la reciente serie Ripley, estrenada este año, con una fantástica fotografía en blanco y negro. Es una adaptación de A pleno sol, también llamada El talento de Mr. Ripley, la primera novela que escribió Patricia Highsmith (Texas, 1921 - Locarno, Suiza, 1995) sobre Thomas Ripley, publicada en 1960 y llevada al cine en varias ocasiones. La primera fue dirigida por René Clément e interpretada por Alain Delon como Ripley, Marie Laforêt como Marge y Maurice Ronet como Greenleaf. Años después, recuerda Ramón, se estrenó la versión de 1999, dirigida por Anthony Minghella, que obtuvo cinco nominaciones al Óscar. Matt Damon interpretaba a Ripley, Jude Law a Greenleaf y la bellísima Gwyneth Paltrow a Marge.

La verdad, quedé fascinado con la serie. Para mí, es la mejor versión fílmica de la novela jamás rodada. No creo que tardemos mucho en hablar del "octavo arte": las series. Esta nueva versión, a cargo de Steven Zaillian, guionista de La lista de Schindler, El irlandés, Pandillas de Nueva York y Despertares, entre otras, es excelente.

En mi programa de radio preferido, Sucedió una noche, dedicado al séptimo arte, surgió un interesante debate entre críticos invitados sobre qué actor ha encarnado mejor a Ripley. La interpretación de Andrew Scott abrió un apasionante debate, buscando que este nuevo Ripley fuera convincente para aquellos que seguían anclados en las interpretaciones de Alain Delon, Dennis Hopper, John Malkovich o Matt Damon.

No obstante, para el prestigioso crítico cinematográfico Antoine de Baecque, la primera versión de A pleno sol, estrenada en 1960, representa la interpretación definitiva de la creación más perdurable de Patricia Highsmith. Matt Damon, John Malkovich y Dennis Hopper logran transmitir la crueldad y la ambición de Tom Ripley, pero Alain Delon —según de Baecque, el mejor Ripley— captura sin esfuerzo su mística.

De Baecque destaca también la interpretación de Greenleaf por el gran actor francés Maurice Ronet, protagonista de dos obras maestras del cine universal: Ascensor para el cadalso y la dramática Fuego fatuo, en la que Ronet representa el último día de su vida, despidiéndose de todos sus amigos antes de suicidarse. Ambas películas fueron dirigidas por Louis Malle, uno de sus directores predilectos. Con su altura de 1,80, ojos azules y una mirada encantadora pero dolorosa, Ronet tenía un físico de playboy que le daba un distanciamiento singular.

Thomas Ripley es el asesino más encantador y amoral de la literatura, un sociópata que hipnotiza y al que Ramón admira por su inteligencia, por saber sobrevivir, mentir a la policía y salirse con la suya, logrando el triunfo inequívoco del mal sobre el bien, y Ramón encuentra cierto regocijo en ello.

Había leído casi toda la obra de Patricia Highsmith, merecedora de un Premio Nobel. Escribió cinco novelas protagonizadas por Thomas Ripley, comenzando con A pleno sol, también llamada El talento de Mr. Ripley, publicada en 1955 y llevada al cine en varias ocasiones.

Quince años después, en 1970, se publicó La máscara de Ripley, donde Thomas reaparece, viviendo feliz con Heloise, su encantadora esposa francesa, y disfrutando de una vida refinada y pacífica en un pueblecito francés. Ripley pasa el tiempo cultivando sus plantas, siempre en busca de la belleza, una obsesión constante en su vida. En esta segunda novela, Ripley se convierte en falsificador de cuadros. Todo va bien hasta que un marchante estadounidense se cruza en su camino y Tom debe actuar. Sus visitas al enmarcador del pueblo son un ejemplo de realismo puro.

Posteriormente, Ripley reaparece en otras tres novelas: El amigo americano (1974), llevada al cine en 1977 bajo el mismo nombre y dirigida por el gran cineasta alemán Wim Wenders, con Dennis Hopper como Ripley. En esta historia, se involucra en una ambigua relación con un hombre al que manipula para que cometa varios asesinatos. En 1980 se publicó Tras los pasos de Ripley, donde conoce a un adolescente extraño que se apega a él, y finalmente, en Ripley en peligro (1991), el brillante cierre de este quinteto de novelas, Tom enfrenta el regreso de un pasado ominoso.

Ramón pasó la mañana reflexionando hasta llegar a la conclusión de que esta nueva serie de Ripley es la mejor versión de A pleno sol, y que nadie será un Tom Ripley tan perfecto como Andrew Scott. Esta versión, dirigida por Steven Zaillian —guionista de La lista de Schindler, El irlandés, Pandillas de Nueva York y Despertares—, se enfrentaba al reto de lograr un Ripley convincente para quienes todavía debatían si Alain Delon, Dennis Hopper, John Malkovich o Matt Damon fueron sus mejores predecesores.

Para Ramón, Andrew Scott eleva las posibilidades del personaje a nuevas cotas. Interpretar a Tom Ripley puede ser un "caramelo envenenado". Es ponerse en la piel de alguien que, en esencia, no es nadie, un estafador de la Nueva York de mediados del siglo XX que recibe un encargo del cielo: encontrar y traer de vuelta a Dickie Greenleaf (interpretado por Johnny Flynn), el hijo de un multimillonario estadounidense. Dickie se ha instalado en un paradisíaco pueblo italiano, donde se dedica a disfrutar del dolce far niente hasta sus últimas consecuencias.

Esta serie aporta un elemento de extraordinaria importancia, inédito en las demás versiones: la conexión espiritual que Ripley siente con el pintor Caravaggio (1571-1610):

Ramón recuerda especialmente la escena en la que Ripley visita una oscura catedral en Roma y queda fascinado, petrificado, observando en silencio una obra de Caravaggio. Entre ambos surge una comunión espiritual que ya no lo abandona. Entonces, un discreto sacerdote aparece por detrás y pronuncia una única frase: “È la luce, è solo la luce”, a lo que Ripley, encarnado por Andrew Scott, responde con una leve sonrisa, queriendo no perturbar la solemnidad del templo.

Esta conexión entre Ripley y Caravaggio demuestra la inteligencia creativa de Zaillian, pues ambos personajes comparten la presión de la justicia y la policía. Caravaggio también fue investigado por un crimen nunca resuelto y se involucraba en reyertas debido a su carácter pendenciero. Pero gracias a su adinerada familia, solía salir indemne. Como Ripley, fue un rebelde; Caravaggio revolucionó la pintura en su época con un estilo único que influyó en artistas posteriores, como Velázquez, y en figuras modernas, como el fotógrafo David LaChapelle o el cineasta Martin Scorsese. Caravaggio convirtió la luz en un elemento dramático, creando claroscuros que daban una fuerza expresiva a sus obras, involucrando al espectador de una manera inédita.

Ramón guardaba la obra completa de Caravaggio en dos lujosos volúmenes que compró de joven. Para él, la belleza ayuda a tolerar el dolor de manera aceptable, como escribió Schopenhauer en su pequeña joya El arte de ser feliz.

                                               FIN

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