LA RELACIÓN ESPIRITUAL ENTRE THOMAS RIPLEY Y CARAVAGGIO: ENSAYO NUEVA VERSIÓN
Dedicado a mis compañeros del Turno de Oficio del ICAB
CABEZA DE MEDUSA (1597)
La belleza de Medusa cautivó al dios de los mares,
Poseidón, quien la violó brutalmente sobre el frío mármol del santuario de la
diosa Minerva. Sin que Medusa tuviera culpa alguna, Minerva la castigó cruelmente,
transformando su hermosa cabellera en serpientes, tal como aparece en el
cuadro. Por esta injusta afrenta, Medusa juró vengarse de los hombres. Sus ojos
muestran pánico y desesperación, su boca abierta expresa un grito de horror.
En la mitología griega, Medusa encarna la violencia
más poderosa, capaz de desarmar y someter al mundo masculino, convirtiéndolo en
piedra. Representa el simbolismo espiritual detrás del ego, de los siete
pecados capitales y de todos los pensamientos y comportamientos negativos que
dominan la personalidad humana en la vida cotidiana. La obra de Caravaggio
genera un espanto palpable que parece flotar en el aire de aquella iglesia
romana.
I
RAMÓN despertó a las siete de la mañana, sin ganas de
levantarse. Lo primero que vio fueron sus calcetines de lana negros, tirados en
el suelo; llevaba semanas sin cambiarlos. Se incorporó y abrió el cajón de la
mesita de noche en busca del tabaco y el cenicero. Dio una honda y furiosa
calada a su primer cigarrillo del día, el más sabroso.
Ese viejo cajón desprendía un olor caliente a tabaco
rancio. A menudo volcaba su contenido sobre la sábana. Ahí se acumulaban
objetos variados: llaves, mecheros, su pasaporte caducado, lápices sin punta,
relojes muertos, mucha ceniza, chinchetas, recibos, un condón, clavos, un par de condones,
tarjetas, clips, medicamentos caducados, un cortaúñas de plata, alguna
fotografía de antiguas novias, notas inacabadas, monedas, fósiles con extrañas
formas y hasta una estrella de mar que guardaba como talismán.
Encontró una foto de cuando era un joven “triunfador” en los años noventa, bajando en telesilla en Baqueira Beret. Triunfador… ese adjetivo siempre le ha causado náuseas. En aquella época era exigente, ávido y devastador. Así era el Ramón Casabó que, apenas un año atrás, se casó con una belleza rubia, Rebeca, que se lavaba los dientes seis veces al día, visitaba cada semana a su estilista y peluquero, Alberto Cerdán, y gastaba sin control en ropa, joyas y cosméticos. Jamás reparaba en gastos, usando su tarjeta a diestra y siniestra. Contaban con una asistenta diaria que se encargaba de todo; Ramón nunca le planchó una camisa. Él lo pagaba todo. Por la mañana al gimnasio, iba a comer al Club de Tenis Barcino, con sus amigas, y solía ir al cine o de compras. Cuando Ramon llegaba tarde de noche de su despacho, la encontraba tumbada el sofá viendo la televisión. Siempre cariñosa y dispuesta. Interpretaba perfectamente su papel de la esposa ideal. Sus conversaciones eran banales, le encantaba criticar a familiares y amigos. Tienes la cena preparada en la nevera cariño. Normalmente, tras cenar entraba en su despacho para estar solo, y así transcurrieron los dos años de matrimonio.
A pesar de las desgracias, quería seguir siendo el de
antes: alto, delgado y de piel muy morena. ¿Había pactado con Fausto? En sus
sueños, estaba seguro de que habían llegado a algún acuerdo secreto. Conservaba
impolutas sus camisas blancas, sus corbatas coloridas, sus jerséis de lana
gruesa para el invierno y fina para primavera y otoño, una decena de polos,
trajes, abrigos, pantalones de todo tipo, y el cárdigan rojo burdeos que
llevaba en la foto. Sabía que el pasado siempre está presente, porque en algún
rincón del universo viajan y subsisten las imágenes de todo lo que fue,
transportadas por la luz.
Su compañero de despacho y amigo, Bech, le animaba a
volver a Barcelona:
"Ramón, compañero, debes regresar a Barcelona.
Alquila un estudio y ven cada día al despacho; te ayudaremos a superar este
bache. Podrás socializar; tienes muchos amigos que te aprecian y están muy
preocupados por ti. Me dicen que no les contestas. Ya te advertí que Rebeca
solo se casó contigo por dinero, y me alegra que se haya marchado a Madrid. Los
clientes no se conforman con hablar contigo telemáticamente como haces ahora;
quieren tenerte disponible en el despacho. Hace tres meses que no has venido,
has perdido varios clientes que llamaban y nunca te encontraban. El jefe del
despacho, Solsona, empieza a estar cansado de tus ausencias. Te ha enviado
avisos que no has contestado y no te has presentado a ninguna reunión. Piénsalo
y dime algo. Te necesitamos."
Bech, amigo:
"Gracias por interesarte por mi vida. He cambiado
y dejo el Derecho; voy a dedicarme a escribir y estudiar filosofía e historia.
Recibo una renta de mis padres; no es ninguna fortuna, pero me permite
subsistir con dignidad. Te envío mi dirección por si algún día quieres venir a
verme con tu esposa y tu hijo. Dale muchos recuerdos al CEO, Solsona, es una
buena persona, y algún día bajaré a Barcelona para verlo. Un fuerte abrazo.
R."
Se lo rascó suavemente con un trapo empapado en
alcohol para intentar que se secara y desapareciera. “Cuerpo, compañero, juntos
moriremos”, pensó. “No puedo no querer la sombra que tenemos, no apresar con
ella el resplandor de un verso, pero sin aquel asqueroso grano”. Se tomó el
Priztic, el antidepresivo que le recetó su psiquiatra, y dos Diazepanes.
Se refugió en su diminuto estudio, encendió la estufa
de carbón, que le acompañaba desde que se mudó, y le tenía cariño, y puso en
marcha su ordenador para escribir cualquier cosa. Escribió una frase de
Kierkegaard: “La vida solo puede ser entendida mirando hacia atrás, aunque deba
ser vivida mirando hacia adelante —hacia algo que se abre de repente y que no
existe”. ¡Cuánto tiempo desperdiciamos pensando, atormentados, en un futuro
incierto, reos del destino, del que no sabemos nada! Solo suposiciones,
presentimientos, deseos y esperanzas. La vida tiene leyes ocultas y misteriosas
que rigen nuestro destino más allá de nuestra voluntad. Quizás escribir
—pensaba— significa solo rellenar los espacios blancos de la existencia, esa
nada que se abre de repente en las horas y en los días, entre los objetos de la
habitación, dejando una desolación y una insignificancia infantil.
La tristeza lo invadió, convirtiéndose en una dolorosa
ansiedad a la que solo podía hacer frente con la química, esa maldita química
que lo domina todo en esta época vacía e irracional, mientras la inteligencia
artificial —adjetivo que detesta— avanza imparable. Qué lejos queda su
optimismo de ese cercano abismo que te llama y no debes observar porque te
arrastra hacia la muerte. Debía salir de su ostracismo y viajar. Soñaba con
recorrer el Danubio, visitar lugares históricos, como relató magistralmente Claudio
Magris en su extraordinaria obra El Danubio (1986), navegando por el río
desde su nacimiento en Alemania hasta su desembocadura en el Mar Negro, entre
Rumanía y Bulgaria. Con una longitud de tres mil ochocientos kilómetros, es uno
de los ríos más largos del mundo.
Esta novela narra la vida y la muerte de Adriano,
emperador del Imperio romano en el siglo II. Nació en Hispania en el año 76
d.C. y murió plácidamente en un balneario cerca de Roma en el 138 d.C. Quizás
fue uno de los últimos espíritus libres de la Antigüedad antes de la llegada
del oscurantismo de la Alta Edad Media, tras la caída del Imperio romano y el
auge del cristianismo, época en la que la ignorancia era la norma.
San Agustín introduce en sus escritos un concepto
clave para el pensamiento medieval, la "docta ignorancia". En su Carta
a Proba, el canonizado expone lo siguiente: “(...) hay en nosotros una
docta ignorancia, por decirlo así, pero docta por el Espíritu de Dios, que se
eleva por encima de nuestra debilidad” (San Agustín, 1973, p. 83).
La Alta Edad Media se caracterizó por la ignorancia
absoluta, que reinaba incluso por encima de los altos reyes y el clero
católico, los cuales poseían un poder absoluto y riquezas inimaginables. Esta
ignorancia se instaló en el más alto estrato de la sociedad.
Si alguien le preguntara cómo se refleja la Edad Media
en el cine, sin duda respondería que en dos grandes películas que han pasado a
la historia: El nombre de la rosa (1986), dirigida por el talentoso
director francés Jean-Jacques Annaud y protagonizada por Sean Connery como el
franciscano librepensador Guillermo de Baskerville, quien choca con los
benedictinos, fervientes seguidores del papa de entonces. En la historia, el
bibliotecario obsesivamente oculta libros de los clásicos de Aristóteles, y un
anciano monje ciego considera que la risa es un pecado, hasta la llegada de la
Santa Inquisición. Y tal vez la mayor obra maestra de Ingmar Bergman: El
séptimo sello (1957), protagonizada por Max von Sydow, en el papel de un
caballero que regresa de las Cruzadas en Tierra Santa a Suecia. Confuso ante la
barbarie vivida, junto a su irónico y fiel escudero, se encuentra con la peste
negra que asola Europa y con la Muerte, vestida de negro, de rostro blanco y
pálido, interpretada por Bengt Ekerot. Juega su vida en una partida de ajedrez
contra la Muerte y, al perder, se ve arrastrado junto a otros personajes a la
Danza de la Muerte al final de la película.
Yourcenar refleja magistralmente la personalidad
compleja y fascinante de este gran emperador, quien fue conocido por su
sabiduría, humanidad y su amor por el arte y la filosofía. Ramón tenía anotadas
dos máximas de Adriano que le cautivaban: “No hay mayor felicidad que la de no
sentir la necesidad de contestar lo que otros dicen o hacen, sino el saber que
uno es capaz de actuar por encima de todas esas cosas” y “El tiempo es el único
enemigo de que todos acabamos por sucumbir, pero mientras tanto, hagamos que
nuestra vida merezca ser vivida”.
Aquel gran hombre fue nombrado emperador en el año 117
d.C. y gobernó el vasto Imperio Romano hasta el 138 d.C. Adriano pacificó el
Imperio, se preocupó por las necesidades y la higiene de su pueblo,
construyendo puentes, desagües y cloacas, y logró mantener un largo período de
paz en el mundo conocido. Compiló las leyes y edictos del Derecho romano,
regulando ámbitos que aún perduran en nuestro Derecho civil del siglo XXI. Adriano se rodeó de
personas con talento para sus proyectos, incluso esclavos que, tras años de
servicio, liberaba y a quienes ofrecía una dote como muestra de gratitud.
En la zona alta de Barcelona, una pequeña plaza lleva
su nombre. Ramón recordaba con nostalgia las veces que había cruzado esa plaza
después de subir por la calle Santaló en su moto.
La mayor obra civil de Adriano fue la llamada Muralla
de Adriano, una construcción colosal declarada Patrimonio de la Humanidad por
la UNESCO, que cruza de este a oeste la isla de Britannia. La muralla separaba,
en el norte, el territorio romano y Britannia —la civilización y el comercio—
de la barbarie de los salvajes caledonios, quienes habitaban lo que hoy es
Escocia y se consideraba entonces como un mundo oscuro y desconocido.
Escribir y aprender cosas nuevas era lo único que
podía hacer sin salir de casa ni hablar con nadie. Solo leer, escribir y
dormir, gracias a las pastillas de morfina. Sic transit gloria mundi.
Cada viernes, un simpático joven del supermercado le llevaba las provisiones
desde Puigcerdá, así que no tenía que preocuparse por nada ni por nadie.
Hacía meses que no se duchaba y se lavaba apenas, como
un gato. Odiaba el frío.
Vivía solo, aislado, en el primer piso de un edificio
de piedra gris sin terminar, coronado de pizarras, en pleno Pirineo, rodeado
por una avenida de castaños con edificios de estructura idéntica, a medio
construir. Un pequeño parque, estrecho, tupido y húmedo, se arrinconaba entre
viejos muros, formando un bosque en miniatura de dos hectáreas de robles,
hábitat de ciervos, zorros y hasta de una loba, siempre la misma, que de vez en
cuando aparecía en busca de un pedazo de carne que Ramón dejaba sobre una gran
piedra, viendo cómo desaparecía día tras día. Aquel animal le fascinaba.
Ramón se sentaba aliviado en su estudio, fumando
pequeñas pipas con una dosis ínfima de opio, disfrutando de un placer que lo
superaba todo, mientras observaba los largos rayos de sol de las primeras luces
del alba. Un vapor lechoso flotaba en el aire, surcado por halos de luz que se
filtraban a través de las rendijas de la persiana de madera del enorme
ventanal, que un día había contado: eran cuarenta. Con el humo del tabaco, las
rendijas parecían aumentar o disminuir de tamaño, y los rayos del sol se
convertían en finas lanzas que parpadeaban, a veces agradecidas, otras
amenazantes.
Contemplaba aquella imagen idílica e hipnótica y el
hermoso cielo de nubes pesadas, que pasaban rápidas como fantasmas ante el sol.
Hasta que la oscuridad volvió a reinar en el cielo y empezó a llover. “Hay
tantas preguntas sin respuesta que vivo en el misterio”, escribió en su
cuaderno.
Empezó a escribir en primera persona
un ensayo:
Ayer vi en Netflix la reciente serie Ripley,
estrenada este año, con una fantástica fotografía en blanco y negro. Es una
adaptación de A pleno sol, también llamada El talento de Mr. Ripley,
la primera novela que escribió Patricia Highsmith (Texas, 1921 - Locarno,
Suiza, 1995) sobre Thomas Ripley, publicada en 1960 y llevada al cine en varias
ocasiones. La primera fue dirigida por René Clément e interpretada por Alain
Delon como Ripley, Marie Laforêt como Marge y Maurice Ronet como Greenleaf.
Años después, recuerda Ramón, se estrenó la versión de 1999, dirigida por
Anthony Minghella, que obtuvo cinco nominaciones al Óscar. Matt Damon
interpretaba a Ripley, Jude Law a Greenleaf y la bellísima Gwyneth Paltrow a
Marge.
La verdad, quedé fascinado con la serie. Para mí, es
la mejor versión fílmica de la novela jamás rodada. No creo que tardemos mucho
en hablar del "octavo arte": las series. Esta nueva versión, a cargo
de Steven Zaillian, guionista de La lista de Schindler, El irlandés,
Pandillas de Nueva York y Despertares, entre otras, es excelente.
En mi programa de radio preferido, Sucedió una
noche, dedicado al séptimo arte, surgió un interesante debate entre
críticos invitados sobre qué actor ha encarnado mejor a Ripley. La
interpretación de Andrew Scott abrió un apasionante debate, buscando que este
nuevo Ripley fuera convincente para aquellos que seguían anclados en las
interpretaciones de Alain Delon, Dennis Hopper, John Malkovich o Matt Damon.
No obstante, para el prestigioso crítico
cinematográfico Antoine de Baecque, la primera versión de A pleno sol,
estrenada en 1960, representa la interpretación definitiva de la creación más
perdurable de Patricia Highsmith. Matt Damon, John Malkovich y Dennis Hopper
logran transmitir la crueldad y la ambición de Tom Ripley, pero Alain Delon
—según de Baecque, el mejor Ripley— captura sin esfuerzo su mística.
De Baecque destaca también la interpretación de
Greenleaf por el gran actor francés Maurice Ronet, protagonista de dos obras
maestras del cine universal: Ascensor para el cadalso y la dramática Fuego
fatuo, en la que Ronet representa el último día de su vida, despidiéndose
de todos sus amigos antes de suicidarse. Ambas películas fueron dirigidas por
Louis Malle, uno de sus directores predilectos. Con su altura de 1,80, ojos
azules y una mirada encantadora pero dolorosa, Ronet tenía un físico de playboy
que le daba un distanciamiento singular.
Thomas Ripley es el asesino más encantador y amoral de
la literatura, un sociópata que hipnotiza y al que Ramón admira por su
inteligencia, por saber sobrevivir, mentir a la policía y salirse con la suya,
logrando el triunfo inequívoco del mal sobre el bien, y Ramón encuentra cierto
regocijo en ello.
Había leído casi toda la obra de Patricia Highsmith,
merecedora de un Premio Nobel. Escribió cinco novelas protagonizadas por Thomas
Ripley, comenzando con A pleno sol, también llamada El talento de Mr.
Ripley, publicada en 1955 y llevada al cine en varias ocasiones.
Quince años después, en 1970, se publicó La máscara
de Ripley, donde Thomas reaparece, viviendo feliz con Heloise, su
encantadora esposa francesa, y disfrutando de una vida refinada y pacífica en
un pueblecito francés. Ripley pasa el tiempo cultivando sus plantas, siempre en
busca de la belleza, una obsesión constante en su vida. En esta segunda novela,
Ripley se convierte en falsificador de cuadros. Todo va bien hasta que un
marchante estadounidense se cruza en su camino y Tom debe actuar. Sus visitas al
enmarcador del pueblo son un ejemplo de realismo puro.
Posteriormente, Ripley reaparece en otras tres novelas: El amigo americano (1974), llevada al cine en 1977 bajo el mismo nombre y dirigida por el gran cineasta alemán Wim Wenders, con Dennis Hopper como Ripley. En esta historia, se involucra en una ambigua relación con un hombre al que manipula para que cometa varios asesinatos. En 1980 se publicó Tras los pasos de Ripley, donde conoce a un adolescente extraño que se apega a él, y finalmente, en Ripley en peligro (1991), el brillante cierre de este quinteto de novelas, Tom enfrenta el regreso de un pasado ominoso.
Ramón pasó la mañana reflexionando hasta llegar a la
conclusión de que esta nueva serie de Ripley es la mejor versión de A
pleno sol, y que nadie será un Tom Ripley tan perfecto como Andrew Scott.
Esta versión, dirigida por Steven Zaillian —guionista de La lista de
Schindler, El irlandés, Pandillas de Nueva York y Despertares—,
se enfrentaba al reto de lograr un Ripley convincente para quienes todavía
debatían si Alain Delon, Dennis Hopper, John Malkovich o Matt Damon fueron sus
mejores predecesores.
Para Ramón, Andrew Scott eleva las posibilidades del
personaje a nuevas cotas. Interpretar a Tom Ripley puede ser un "caramelo
envenenado". Es ponerse en la piel de alguien que, en esencia, no es
nadie, un estafador de la Nueva York de mediados del siglo XX que recibe un
encargo del cielo: encontrar y traer de vuelta a Dickie Greenleaf (interpretado
por Johnny Flynn), el hijo de un multimillonario estadounidense. Dickie se ha
instalado en un paradisíaco pueblo italiano, donde se dedica a disfrutar del
dolce far niente hasta sus últimas consecuencias.
Esta serie aporta un elemento de extraordinaria
importancia, inédito en las demás versiones: la conexión espiritual que Ripley
siente con el pintor Caravaggio (1571-1610):
Ramón recuerda especialmente la escena en la que
Ripley visita una oscura catedral en Roma y queda fascinado, petrificado,
observando en silencio una obra de Caravaggio. Entre ambos surge una comunión
espiritual que ya no lo abandona. Entonces, un discreto sacerdote aparece por
detrás y pronuncia una única frase: “È la luce, è solo la luce”, a lo que
Ripley, encarnado por Andrew Scott, responde con una leve sonrisa, queriendo no
perturbar la solemnidad del templo.
Esta conexión entre Ripley y Caravaggio demuestra la inteligencia creativa de Zaillian, pues ambos personajes comparten la presión de la justicia y la policía. Caravaggio también fue investigado por un crimen nunca resuelto y se involucraba en reyertas debido a su carácter pendenciero. Pero gracias a su adinerada familia, solía salir indemne. Como Ripley, fue un rebelde; Caravaggio revolucionó la pintura en su época con un estilo único que influyó en artistas posteriores, como Velázquez, y en figuras modernas, como el fotógrafo David LaChapelle o el cineasta Martin Scorsese. Caravaggio convirtió la luz en un elemento dramático, creando claroscuros que daban una fuerza expresiva a sus obras, involucrando al espectador de una manera inédita.
Ramón guardaba la obra completa de Caravaggio en dos
lujosos volúmenes que compró de joven. Para él, la belleza ayuda a tolerar el
dolor de manera aceptable, como escribió Schopenhauer en su pequeña joya El
arte de ser feliz.
FIN
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