LOS CUADERNOS SIN FIN DEL ABOGADO NICOLÁS RUBIÓ

 

 

                                                                CICERÓN (106-43 ac)


LOS CUADERNOS SIN FIN DEL ABOGADO NICOLÁS RUBIÓ SOL

INTRODUCCIÓN: PLANETA TIERRA: El 1 de enero de 2036, a las nueve horas, quince minutos, Corea del Norte lanzó decenas de misiles nucleares contra Japón y Taiwán, este brutal ataque devastó Tokio y Seúl, causando millones de muertos y de este modo se inició la Tercera Guerra Mundial.   La OTAN no tardó en responder con otros ataques nucleares que borraron del mapa PYONGYANG y las principales ciudades de Corea del Norte.  Los conflictos se fueron extendiendo por el efecto dominó en otras zonas del planeta. Kiev fue destruida por Rusia que acabó anexionándose a Ucrania; como represalia, y ante las pruebas evidentes de su colaboración con Corea del Norte  en este despiadado ataque por sorpresa, Moscú y San Petersburgo fueron  prácticamente destruidos,  el Kremlin quedó hecho añicos. El comercio mundial quedó  en punto muerto,  las bolsas sufrieron la mayor bajada de su historia, la  escasez de recursos resultó inaguantable y la supervivencia humana insostenible, a diario cientos de miles de personas sin recursos moría de hambre.  La situación era  apocalíptica. Circulaban recientes Informes de alto secreto de científicos de la OMS, algunos premios nobeles, concluyentes: como mínimo  un tercio de la población mundial debería desaparecer para que sobreviviera el resto. En todos los países se dictaron leyes para facilitar la eutanasia, eliminando obstáculos legales, con anuncios por TV invitando a morir sin dolor. Sociológicamente, la muerte sin dolor se sugería solapadamente por las redes mediante la IA, como la única escapatoria honorable.  

Norteamérica estaba dividida: por un lado, en los Estados del norte con mayoría demócrata, algunos estados del Medio Oeste, de mayorías de republicanos moderados, en California y Canadá  se mantuvo  el Estado de Derecho, y el otro bando, básicamente   en el sur y el centro de la américa profunda, mandaban los Republicanos más ultras liderados por el hijo de Trump, Erik, quien tras abolir la Constitución, mandaba por Decreto a su antojo, y los Gobernadores sátrapas callaban y obedecían las órdenes de su boss. Dallas fue designada la capital del sur, cada día se ejecutaban  a cientos de personas, en especial a negros y a latinos sin empleo, muchos  sin juicio previo. Todo el mundo sospechaba de todo el mundo. Se crearon multitud de sectas que practicaban el sacrificio de bebés raptados o comprados.  La idea de la llegada del fin del mundo se extendía como una mancha de petróleo.  Millones de personas libre pensadores, negros y latinos huyeron hacia  el Norte.  Tras los Acuerdos Nashville (Tennesse) en 2040, que evitó una tercera Guerra Civil,  se establecieron fronteras que delimitaban los dos frentes. El pragmatismo se impuso exclusivamente por motivos de necesidad económica. Los antiguos EEUU dejaron de liderar el mundo.

En Europa, los gobiernos populistas de extrema derecha  abandonaron la UE. La capital se trasladó de Bruselas a París. Bélgica se veía  amenazada por  incursiones de miembros del nuevo Partido Fascista Flamenco. Los países del Este europeo siguen los dictados de Rusia y de China, formando el Pacto de Budapest. Finalmente se suscribieron varios tratados comerciales que se solemnizaron con el llamado Tratado de Malta   el quince de diciembre de 2039,  lo que supuso el inicio del alto el fuego, y  tras semanas de arduas negociaciones el final de la Guerra.  El anciano Putin falleció en 2034 y en Rusia se formó un nuevo gobierno tecnócrata, aperturista,  liderado por kriussov. En febrero de 2039 se produjo un hecho inesperado  que cambiaría el Mundo, en el congreso del Partido Comunista Chino resultó nombrado por sorpresa Xin Si Sap, un hombre formado de joven en la Sorbona que logró convencer a los rusos y sus aliados para que se adhiriesen al Tratado de Malta.  En  las zonas más castigadas, millones de soldados y voluntarios eliminaban los restos de globos o minas con elementos radioactivos.  El clásico modelo de clases ha cambiado: Los más ricos, denominados “Extraordinarius”,  viven en grandes mansiones, en Nueva Zelanda, Australia o Alaska, otros huyeron al espacio para poblar nuevas ciudades subterráneas con todo tipo de lujos en un nuevo planeta habitable llamado “Exitus” que fue descubierto el año 2038. Pocos años antes se constató, tras diversos intentos fallidos, que científicamente era imposible poblar el planeta Marte. Si el viaje no te mata, puede que te mate vivir aquí, explicaba un astronauta con una voz entrecortada en su último mensaje recibido por la NASA en Cabo Cañaveral. 

La antigua clase media pasa a denominarse “Rentabilis” y proporciona mano de obra y técnicos medios cualificados al sistema productivo. Viven protegidos en ciudades alejadas de las costas por el constante aumento del nivel del mar, poco a poco  los servicios van restableciéndose, pero el panorama es dramático.  Los supervivientes más desfavorecidos, llamados “Infortunatus bonis”, viven hacinados en grandes buques a dos millas de las costas, tienen sus servicios mínimos cubiertos y constituyen la mano de obra necesaria para el sistema.  En España, se mantiene la Constitución de 1978 bajo el reinado  Leonor I, una mujer liberal y dialogante. El nuevo Gobierno tecnócrata de salvación estatal elegido por mayoría absoluta,   asignó,  por Real Decreto Ley,   viviendas en colonias que se construyeron en las zonas habitables más altas del país, a los denominados “Fortunatus ilustratus”, muchos de los cuales formaban parte de la élite dirigente. Sólo unas decenas de miles  de Licenciados en la “Facultad del Talento y de la buena educación”, podían obtener este estatus. En Catalunya, estas islas donde se veneraban los principios de la Ilustración, llamadas Fortunatias, estaban dispersas e interconectadas  por todo el  Pirineo y en el Parque natural del Montseny.   Montserrat, donde se construyeron defensas anti aéreas,  fue  bombardeada y  la montaña se partió en dos. No quedó ni la Moreneta.  

FORTUNATIA AÑO 2042: Al instalarnos en Fortunatia, cerca de Viladrau, junto con mi padre, Amadeo Bachs de Carena, ocupamos un moderno edificio de piedra gris coronado de pizarras, rodeado por una avenida de castaños y de estructura idéntica. Había un pequeño parque estrecho, tupido y húmedo, un bosque en miniatura de dos hectáreas de robles y abetos, compartido con pájaros, ciervos, musarañas, ardillas, conejos, lobos y zorros.   En invierno, las heladas daban a las cosas más triviales y simples una transparencia y una dureza celeste, única. Una mañana mi padre, que enviudó cuando yo tenía solo dos años, bajó al sótano para revisar la caldera para la calefacción, encontró en un rincón escondido del garaje un gran baúl de madera cubierto de piel y lleno de polvo. Al abrirlo, asomaron decenas de cuadernos manuscritos y enumerados, en total, doscientos ochenta ejemplares con seis mil diez páginas escritas en forma de diarios. Le sorprendió que no figurase el nombre completo de su autor, solo aparecía el título "Cuaderno sin fin del abogado Nicolás S." Félix, ¿te interesan estos cuadernos o los tiro?, estudiaba Filología Hispánica, Literatura y Filosofía, y asentí.

Mi padre apenas me habló de mi madre. Nos divorciamos cuando quedó embarazada de ti y nunca más supe nada de ella. Hijo mío, te suplico que respetes mi silencio; tengo mis motivos. Aquí tienes un sobre con unas pocas fotografías suyas.   Eva, la madre que me abandonó, era una mujer alta, muy delgada y elegante, con un aspecto temperamental pero rasgos muy dulces. Sus ojos eran de un azul intenso, como el Danubio; eran maravillosos. Tuve que acatar su silencio y mi trauma por no conocerla. No recuerdo nada de ella ni podía cambiar lo que había sucedido. 

Me costó mucho aceptar la realidad pero logré superar el hecho con coraje, templanza, estudios y lectura.  Durante varios meses no presté atención a los cuadernos, hasta que un buen día bajé al sótano para poner a punto todo mi equipo de escalada para ascender al Everest- tenía programado el soñado viaje a Nepal para el verano - tropecé con el baúl y elegí una cuaderno azar. Una vez abrí camino a través de los primeros párrafos, me convencí de que en aquellos manuscritos del abogado Nicolás R. había encontrado una obra maestra de la literatura universal. Fue toda una revelación; me vi arrastrado con mano firme por aquel narrador tan poderoso. Siempre recordaré aquella tarde invernal del año 2042 en que inicié mi inmenso trabajo, había sido el atardecer  más dulce, más azul violeta de toda mi vida. Al no constar sus dos apellidos, ni un teléfono, ni una dirección,  decidí consultar los archivos del ICAB, se lo pedí a mi mejor amigo el Abogado Marimón Marimón, otro Fortunatus, Doctor en Derecho y Sociología y asesor independiente del Ministro de Justícia –no te cases jamás con nadie, le decía con su fina ironía- ,  a quién nombré apoderado y más tarde mi albacea.  Marimón encontró  una veintena de abogados que se llamaban Nicolás, y para mi suerte sólo uno tenía un primer apellido con la letra inicial R,  así logré averiguar su identidad completa: Nicolás Rubió Sol, nacido en Barcelona el 13 de noviembre de 1961, el año de su colegiación: 1992 y la fecha de su defunción por una embolia cerebral a la temprana edad de 55 años, el día 31 de diciembre de 2016.

Al día siguiente, mi robot Mortadelo averiguó a través del robot del Registro Civil de  Barcelona, Filemón, que Nicolás falleció soltero por causas naturales y que no tenía familia. En uno de sus cuadernos,  el más bibliográfico, Nicolás narró que sus padres murieron en un accidente de circulación cuando  tenía veintisiete daños, quedó traumatizado de por vida,  heredó una cuantiosa fortuna y dejó de ejercer su profesión  para dedicarse a escribir aislado  en su casa familiar de Sarriá, acompañado por Marta, su cuidadora de toda la vida. Voluntariamente, al borde del suicidio,  ingresó en un Centro psiquiátrico por su depresión crónica y su adicción al alcohol,  donde estuvo dos años sin dejar de escribir.

Al cabo de tres días, llamé por videoconferencia a Marimón, quería consultarle sobre la propiedad de aquellas cajas y su contenido.  Tras los saludos y bromas de rigor, con su parsimonia habitual Marimón sacó de su vieja cartera de piel su manoseado Código Civil, lo abrió y recitó, gesticulando con los brazos abiertos como si expusiera sus conclusiones finales en un juicio:   Félix, atiende con atención. El artículo 610 del Código Civil dice: “Se adquiere por ocupación los bienes apropiables que carecen de dueño, como los animales que son objeto de caza o pesca, el tesoro oculto y las cosas muebles abandonadas”. Por lo tanto, y en resumen: la caja con los doscientos ochenta cuadernos es tuya. Se consideraría una cosa mueble abandonada en vuestra casa, como si fuera un tesoro enviado del cielo. Si los publicas y tienen éxito, yo mismo gestionaré su inscripción a tu nombre en el Registro de la Propiedad Intelectual y serás el dueño de los derechos de autor.  Acepté agradecido  su propuesta. Los doscientos ochenta cuadernos con seis mil diez páginas me pertenecían. Marimón empezó a contarme un caso terrorífico que acababa de recibir, prometiéndome que me pondría los pelos de punta, pero yo ya no lo oía. Solo pensaba en que la obra era mía y en lo que significa tener talento. Honoré de Balzac escribió que no existe un gran talento sin un gran esfuerzo de voluntad. Picasso dijo que la inspiración existe, pero debe encontrarnos trabajando. Y, por último, Albert Einstein confesó en sus memorias: No es que yo sea muy inteligente, es solo que paso más tiempo en el laboratorio estudiando los problemas.   Aspiré profundamente, poseía una clarividencia total e irrefutable, una seguridad en mí mismo hasta entonces desconocida. Debía abrazar la disciplina y organizarme. Escribiría un mínimo de ocho horas diarias. Me levantaría a las cinco de la madrugada, saldría a correr sumido en el amanecer de los bosques y meditaría.   Al regresar, tras una ducha fría, tomaría una cápsula de “concentra”, un frugal desayuno con zumos vitamínicos y mucho café. Escribir es muy duro, te encuentras con una hoja en blanco en la más absoluta soledad. Hay días donde fluye la imaginación y otros en los que te quedas anclado.   

En los Cuadernos encontré muchas páginas que hablaban de Malcolm Lowry, un claro ejemplo del género de la literatura sin fin. Me impactó su narración del descenso a los infiernos. El remordimiento y la voluntad de redención a través del arte. Lowry, como Nicolás, representó los límites de la ruptura, el camino que proyecta el alcohol entre la vida y la literatura. Su obra maestra "Bajo el volcán", escrita en 1947, fue llevada al cine por John Huston en 1984, con Albert Finney interpretando magistralmente al ex Cónsul Británico en México, George Firmin, en su descenso hacia la muerte en Cuernavaca.   Su lectura, escribió Nicolás, te deja una sensación  inenarrable de percibir que estoy ante el tipo de escritura que mejor se relaciona con la verdad de un mundo incomprensible. En uno de los últimos cuadernos encontré una frase de desesperación que me conmovió profundamente: "consumí libros y fui consumido", una señal de que la vida de Nicolás se estaba agotando. Él fue capaz de trascender creativamente tanto su propio sufrimiento como el sufrimiento en su entorno. Muchos de sus personajes padecían de obsesión, venganza, locura y una brutalidad horripilante, como la del asesino en serie Doctor Melón, cuya vida ocupaba casi todo un cuaderno.   

Tras muchos estudios sobre la literatura sin fin, pude constatar que los libros sin terminar tienen en realidad una buena tradición literaria y al mismo tiempo son un género en sí. Representan una de las vidas que podríamos haber llevado, uno de los viajes que no hemos realizado. Este género podría haber comenzado con los "Prefacios a obras no escritas" de Friedrich Nietzsche. Aunque Roland Barthes es seguramente el ejemplo más impresionante y trágico de un autor cuyo libro planeado no se escribió. Un lluvioso 26 de marzo de 1980 el escritor y semiólogo Barthes fue atropellado por el conductor de una furgoneta de una lavandería frente al Collège de France” en París, falleciendo tres semanas  después en el hospital donde fue trasladado.  A diferencia de Marcel Proust,  quien murió antes de haber terminado las últimas partes de su “En búsqueda del tiempo perdido”, Proust siempre mantenía una copia de sus borradores para publicarlos en caso de que se muriera antes de tiempo. Como escribió George Steiner: Un libro sin escribir es más que un espacio en blanco. Está cargado con el trabajo que uno ha hecho en la sombra.  La prosa de Nicolás era clara, límpida, precisa y directa. Todos los adjetivos eran acertados y las descripciones demostraban una imaginación inaudita. Contaba episodios y reflexiones de su vida diaria y del mundo en general, en sus relatos mezclaba la realidad con la ficción, experiencias pasadas, miedos, propósitos, relatos de terror y ciencia ficción, así como anécdotas triviales. Reproducía citas perfectamente elegidas y combinaba magistralmente realidad y ficción, que me recordaba el estilo de su admirado escritor Enrique Vila-Matas.  Su letra era menuda pero clara; a veces costaba entender algunas palabras, pero con la ayuda de una gran lupa de 5X, logré descifrarlas.   Decidí copiar todos los Cuadernos sin fin del Abogado Nicolás Rubió Sol, dictándolos por voz en Windows 10 en mi PC, uno de los mayores avances de la IA, como solía decir mi padre cuando me lo regaló. De hecho, las teclas habían desaparecido.

 Mi padre cada mañana paseaba unas dos horas por el campo; su pasión por las flores le producía sentimientos de felicidad, sorpresa y alegría.  Hijo, cada flor tiene un significado único y profundo, compuesto por colores, olores, formas y sensaciones que hacen que un momento insignificante pueda llegar a ser mágico, me decía tras su excursión matinal. Luego, se acomodaba en su despacho y pasaba el día leyendo, estudiando jurisprudencia y escuchando música.  Estaba inmerso en una biografía de su devoto Cicerón, el padre del Derecho, Félix.    Hijo mí, soy un estoico convencido y procuro seguir a rajatabla todos los principios recogidos en las obras de Marco Aurelio, Séneca, Epicteto y otros que voy descubriendo. Sólo en la búsqueda de la virtud encontrarás la verdadera felicidad; la calidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos —me decía mientras me entregaba las "Meditaciones" de Marco Aurelio—. Y no te agobies por sucesos que no dependan de ti,  toma, es tuyo, creo que te  puede ayudar a sobrevivir.  

Dos años después, mi padre Amadeo falleció a causa de un paro cardiaco. Lo encontré sentado en su sofá con su pipa en la boca, su humo dulzón danzaba sinuosamente por su salón-biblioteca. No quise molestarlo, podía oír la trompeta de Miles Davis en su obra maestra “King of blue”.  Pasados unos minutos, lo llamé desde la cocina.  ¿Papá, qué te preparo para cenar?—le pregunté dos veces,  al no oír su respuesta, me alarmé y presentí lo peor.   Entré en el salón y lo encontré sonriente, con la pipa aún encendida. Le tomé el pulso y constaté su muerte. Lo vi tan sereno que me alegré por él. La bella dama vestida de negro se lo había llevado al paraíso. Murió leyendo y fumando, sin dolor. Le cerré los ojos, retiré su pipa no sin dificultad y llamé a la ambulancia. Su entierro fue solemne pero discreto, acudieron varios ministros, Marimón y unos pocos amigos académicos. 

Siempre recordaré la felicidad de aquellas noches con mi viejo viendo películas sobre juicios. Sus favoritas eran "Matar a un ruiseñor", basada en la novela homónima de Harper Lee,  que ganó el Premio Pulitzer en 1961. La película dirigida por el excelente artesano Robert Mulligan fue interpretada magistralmente por Gregory Peck, quien encarnó al buen y noble abogado sureño Atticus Finch, defendiendo al verdadero ruiseñor, un hombre negro bajo el acecho de las turbas racistas.  Pero sin duda alguna, su película preferida era "Doce hombres sin piedad", dirigida por el gran Sidney Lumet, y con un reparto de lujo: Henry Fonda, enfrentándose usando la razón al ceñudo Lee J. Cobb, logra convencer al resto del jurado, que incluye a grandes actores secundarios como E.G. Marshall, Martin Balsam y el viejo Ed Begley,  que al final del film acaba despidiéndose de Henry Fonda con un fuerte apretón de manos u una sonrisa inolvidable en las escalinatas de la Corte de Nueva York, para absolver a un desgraciado chico de los barrios pobres  acusado de haber asesinado a su padrastro. Toda la película, rodada en una sola estancia, transcurre en la tórrida sala donde se reúnen los doce miembros del jurado.  Es un ejemplo extraordinario del principio “in dubio pro reo” – le decía su padre.

AÑO 2052: He dedicado diez años trabajando metódicamente ocho horas diarias hasta tener casi terminada la transcripción de toda aquella obra monumental de seis mil diez páginas. Mi objetivo ahora es realizar una revisión exhaustiva de todo lo transcrito, efectuar algunas correcciones de forma; jamás del fondo, es intocable. Llegó el verano, faltaban quince días para viajar por fin al Nepal y lograr mi sueño de coronar la cumbre del Everest.   Finalizar la reproducción de los Cuadernos sin fin de Nicolás es mi misión y nada ni nadie me impedirá completar su obra. Con la edad, pasaba el día con mi sudadera, apenas salía; me di cuenta de que mi casa necesitaba orden. Debo confesar que soy un desastre en las tareas domésticas; apenas sé hacerme una tortilla. Hasta que un día decidí contratar a Manolita como asistenta.   Era una joven aragonesa tozuda, rellenita, bajita, vigorosa, Siempre sonriente,  y con un gran sentido del orden y la limpieza, su obsesión. Estaba predispuesta a ayudar en todas mis necesidades; al comprobar su excelente trabajo, tenía la ropa siempre limpia y perfectamente planchada, y me dejaba la comida preparada en recipientes de vidrio que guardaba en la nevera y que solo tenía que recalentar. Tenía prohibido entrar en mi despacho cuando estaba trabajando, salvo cuando la llamaba, y no debía tocar nada de mi mesa de estudio.   Ni se te ocurra limpiar mi ordenador, yo me encargo personalmente, que te conozco...", la advertí.  Estaba encantado con su trabajo y la contraté tras una semana de prueba. Me encariñé de Manolita; mantenía la casa impoluta y se pasaba el día cantando bonitos boleros o jotas de su tierra. Casi cada mañana desayunábamos juntos.  Señor Félix, el secreto de la limpieza es agua muy caliente, vinagre y sobre todo una nueva y potente lejía desinfectante, me decía. Las plagas por nuevas sustancias químicas y restos de elementos nucleares, así como la aparición de insectos desconocidos, eran cada vez más frecuentes; las garrapatas y las cucarachas habían mutado,  y su tamaño triplicado, una picada podía llegar a ser mortal. 

Una mañana cualquiera, aquella joven se dirigió a mi despacho. Tocaba limpiar el estudio,  después de hacer la cama turca donde muchas noches dormía, fregó el suelo. Cuando se disponía a sacar el polvo de la mesa de mi despacho, donde tenía mis papeles con los cuadernos, Manolita topó con la fregona, cayó al suelo   y toda una botella de la potente lejía que llevaba en sus manos se derramó encima del PC. Quedó fundido y un olor a quemado se expandió por toda la casa. Félix no daba crédito a sus ojos, desesperado, trató de salvar el disco duro donde tenía diez años de trabajo, pero todo fue en vano. Incluso viajó a Silicon Valley y pagó una fortuna para que los mejores informáticos del mundo intentaran salvarlo, pero fue imposible; la lejía había calcinado el disco duro. I am very sorry Mr. Félix, your PC is melted, bleach is an acid that destroys everything. La mala suerte.   No tardó ni cinco minutos en despedir a Manolita.  ¡Tiene quince minutos para recoger sus pertenencias y marcharse de esta casa! ¡No la quiero volver a ver jamás!, bramaba Félix transformado en un monstruo, mientras aquella pobre mujer no paraba de llorar como una boba. Por su torpeza, todos sus años de trabajo, toda su vida, se esfumaron. La mala suerte.  "¡Imbécil, imbécil! – Félix fuera de sí, se golpeaba la cabeza con la pared . ¿Por qué no compraste el Pendrive? ¡Maldita lejía! ¡Maldita lejía!.   Sus ojos desprendían fuego, hasta que quedaron en blanco y se desplomó.

 

Mientras, Marimón llamaba a Félix,  tenía que firmar unos documentos del Registro de la Propiedad Intelectual. Se pasó toda la mañana tratando de contactarlo pero al no recibir respuesta, empezó a inquietarse. Presentía que algo malo había sucedido.  Félix siempre, siempre,  atendía sus llamadas.  Cogió su viejo Volvo y a toda velocidad,  en menos de dos horas,   llegó desde Puigcerdá, donde pasaba unos días de descanso autorizado, a la casa de Félix. Tenía un duplicado de las llaves, la casa estaba helada y notó un fuerte olor a quemado.   ¿Félix? ¿Félix? —exclamó Marimón,  al encontrarlo tendido en su pequeña cama turca, rápidamente llamó a la ambulancia y, ante la gravedad de su estado, Félix fue llevado en helicóptero hasta el Hospital Vall d'Hebron. Tras horas de espera angustiosa, el Jefe de Neurología, el Doctor Roura, le informó que había sufrido un grave derrame cerebral.    Doctor, por favor, sea claro. ¿Qué posibilidades tiene de recuperarse?" —preguntó Marimón con voz temblorosa -,  Si no responde al tratamiento de shock que he ordenado hacerle, lo veo muy mal. Podrá vivir, su corazón es fuerte, pero... - el médico titubeó - ,   ¿pero qué, doctor?" —clamó Marimón-,  Sr. Marimón, es  muy duro decirle que no podrá recuperar el habla, no reconocerá a nadie, necesitará una asistenta día y noche y, con suerte, puede vivir unos cinco años. Se niega a comer, no bebe; se le tiene que suministrar todo por vía intravenosa. Sr. MARIMÓN  usted tiene la última palabra. No veo obstáculos  para que las autoridades autoricen la eutanasia. Es curioso…. de vez en cuando se pasa el día gritando ¡maldita lejía ¡, como si le quemara por  dentro. Consultó con otros especialistas y la respuesta fue invariablemente la misma.   Finalmente acudió al Hospital y estampó su firma autorizando la eutanasia. Entró en la  habitación de Félix, y le cogió la mano, descubrió que lloraba sin darse cuenta, las lágrimas le corrían por los lados de la cara y le entraban en los oídos, no veía, no oía. Sentía que  se ahogaba nadando.  Necesitaba un cambio en su vida.

En  su Bufete, MARIMÓN exhibía como una joya un Mapamundi de piel, cilíndrico,  con la forma del planeta Tierra, auténtico, enumerado y registrado,  sólo habían cien aparatos así en Occidente, debía medir un metro de altura, lo compró en uno de anticuarios más famosos de París : “La fille du pirate”, le costó una pequeña fortuna, era uno de los más precisos del mundo obra del científico J. Richard Gott, se llamaba “Winkel Tripel”, que también diseñó el mapa del cielo. Pasaba tardes haciendo rodar la esfera,  cerraba sus ojos, se sentaba cómodamente en su butacón y se trasladaba gravitando a lugares extraordinarios: paseaba por los alrededores del Castillo de Dunstanburg, en la costa norte  de Inglaterra, un antiguo monumento que data de principios del S. XIV, son famosos las pinturas de Turner del castillo al anochecer,  por Riviera Turca, la cuna del Dios Apolo ; o al Parque Nacional de Jasper en Canadá, creyéndose ser un mix de Robert Redford y Jeremiah Jhonson explorando con su caballo los reinos de la naturaleza más salvaje de las Montañas Rocosas.

Al día siguiente, Marimón saltó de su cama decidido a  emprender un viaje real a lo desconocido. Necesitaba un cambio radical para seguir viviendo. Por ello, llegó de madrugada a su despacho, se preparó su café, se acomodó ante el Mapamundi, se tapó los ojos con un gran pañuelo negro, y con un rápido movimiento lo hizo girar hasta que se detuviera, colocó al azar su dedo pulgar en un punto del planeta y ¡zas¡ , estaba en Roma, la ciudad de sus sueños, se sabía su historia desde la joven República hasta el mandato de los cinco grandes emperadores – Augusto, Trajano, Adriano, Antonino Pio y Marco Aurelio -,   lo primero que haría sería visitar el Mausoleo de Adriano, donde reposan sus restos.  Marimón gastó una fortuna al adquirir en una subasta de Sotheby’s el “Edicto perpétuo”, la primera compilación  de Derecho de la historia, una de las pocas copias que se conservan datadas en el S. IV dc.  El emperador Adriano, un hombre extraordinario,  transformó los “Edictos pretorios” en el “Edicto perpétuo” que encargó a los mejores juristas romanos: Salvio Juliano y a su ayudante Labeón, realizaron su trabajo entre los años 130-134 dc.  Con Adriano, la administración imperial experimentó una transformación radical, se aprobaron múltiples medidas para remediar las injusticias,  hizo construir grandes infraestructuras para mejorar la vida de los ciudadanos de su imperio, para impulsar el comercio con Oriente, muchas todavía se conservan. Nicolás loablemente agradeció a Marguerite Yourcenar su extraordinario libro “Memorias de Adriano” escrito en 1950, todo lo que aprendió.   Todo este activo para la humanidad fue diluyéndose cuando desde la caída del Imperio Romano el año 476 dc. , el cristianismo de la alta Edad Media se apoderó de una Europa, un nuevo mundo, del que casi nada  sabemos. Nadie como Ingmar Bergman en su película “El séptimo sello”, estrenada el año 1957, ha sabido describir con imágenes la cruda realidad de la Europa medieval.    Europa quedó sumida en el oscurantismo, arrasada  por la peste negra. Adriano ya definió a los seguidores de Jesucristo como una secta que creía poseer la verdad absoluto y de la que recelaba.  Los escolásticos veneraban la ignorancia instruida, la “docta ignorantia”. Muchos siglos después, en el hospital que lo vio morir, Robert  Walser escribió que Dios sólo quería a los ignorantes.

Durante  sus últimos años de vida, Marimón  siguió anclado en su trabajo – ¡moriré con la Toga puesta¡, les decía a sus amigos-. El precio de la libertad es la soledad, se repetía. Seguía siendo absurdo, irónico y alegre. Se mantenía en forma nadando a diario. En su diario escribió sus últimos propósitos: No malgastaré mi tiempo obsesionado con deseos que ya no podré resolver ni controlar, aprenderé a tener paciencia, abrazaré la aceptación y el silencio.   La  belleza es la verdad, la verdad belleza. Había cumplido con  su último deseo: el mandato de Félix, el hijo que nunca tuvo, ver publicado el “Cuaderno sin fin del Abogado  Nicolás Rubió”, del que milagrosamente tenía una copia que Félix le había enviado, dos semanas antes de la tragedia.  Si Félix se hubiera acordado, las cosas hubieran cambiado, pero no ha podido ser, debo aceptarlo.  Marimón realizó los últimos retoques y los Cuadernos fueron publicados.  El éxito de la obra fue extraordinario; años después, le concedieron el Premio Nobel a título póstumo. Ni Félix ni Marimón vivieron para presenciarlo, pero en su corazón sabían que así sería. Cuando cerraron sus ojos por última vez, el último pensamiento de Marimón fue imaginar a Félix y Amadeo gravitando con él en algún lugar del espacio donde reinaba la paz, el sosiego, la bondad y la concordia.

 

                                   FIN

 

 

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